Mujeres exigen aborto seguro, legal y gratuito

El 28 de septiembre, diversas colectivas feministas celebraron el Día por la Despenalización del Aborto en Latinoamérica. El día de acción por el acceso al aborto legal fue establecido en el V Encuentro Feminista en 1990. En El Salvador, el aborto es penalizado en cualquier causal. En los últimos años, las organizaciones defensoras de derechos humanos han propuesto la legalización de la interrupción del embarazo en cuatro causales: cuando la vida de la mujer está en peligro, cuando el embarazo es producto de una violación sexual o trata de personas, cuando exista una malformación del feto que haga inviable la vida extrauterina y cuando el embarazo es resultado de la violación de una menor. 

Las organizaciones pidieron a la Asamblea Legislativa que instale una mesa de diálogo para discutir reformas en el artículo 133 y 137 del código penal. Antes de la conferencia de prensa, dos agentes del CAM retiraron una pancarta colocada en el monumento a la Constitución. En un primer momento alegaron que dañaba el monumento, luego dijeron a las manifestantes que no tenían permiso para realizar el evento y finalmente una agente dijo que el mensaje atentaba contra el derecho a la vida. En El Salvador no hay un debate serio y científico sobre el tema del aborto. Las creencias religiosas siguen siendo bases para los argumentos en este debate tanto en lo público como en lo privado.

Lissania Zelaya: “No podemos permitir que se judicialice la denuncia pública”

Algunas mujeres han decidido denunciar públicamente a acosadores y abusadores sexuales, ante la falta de acceso a la justicia. Este método busca la sanción social, a falta de una sanción legal. Las denuncias públicas han generado un debate entre quienes piensan que esa es la única forma de lograr un castigo para los agresores y quienes piden a las víctimas pruebas de los abusos a los que han sido sometidas. En El Salvador, el sistema judicial ha puesto un punto más en el debate y condenó a la actriz, Lissania Zelaya, por dar acompañamiento a una mujer en una denuncia pública contra Ricardo Mendoza, catedrático de la Universidad de El Salvador.

Lissania Zelaya, durante un performance en el centro de San Salvador. Fotografías cortesía: Menly Cortez

El 6 de enero de 2020, el Tribunal Sexto de Sentencia de San Salvador condenó a la actriz y defensora de derechos humanos, Lissania Zelaya, por el delito de calumnia. El proceso judicial contra Zelaya y su compañera, Guadalupe Hernández, se dio luego de denunciaran colectiva y públicamente a Ricardo Mendoza, catedrático de Teatro en la Universidad de El Salvador (UES), por acosar y abusar sexualmente a tres de sus alumnas. Hernández fue absuelta de los cargos, Zelaya, en cambio, deberá pagar $2,027.28 al catedrático, en concepto de daños. 

Zelaya ingresó como estudiante a la UES en el año 2006, inició clases en el taller de teatro en 2009 y se graduó de Licenciatura en Jurisprudencia en el año 2012. Un año antes, en 2011, los rumores sobre el acoso sexual en la UES, una situación que ella llama “secreto a voces”, la llevaron a organizar, junto a otras artistas, la Colectiva Amorales. Desde entonces, las Amorales se han caracterizado por un discurso teatral de choque, por escrachar públicamente a personajes que han violentado los derechos de las mujeres y por hacer pronunciamientos públicos en contra de la violencia machista. 

La activista asegura que decidieron hacer la denuncia pública, en el caso de Mendoza, por petición de una artista que solicitó el acompañamiento de la Colectiva Amorales. La denunciante habría pedido el acompañamiento a sus colegas, luego de agotar las instancias en un proceso de denuncia dentro de la universidad, según Zelaya. Una universidad que no cuenta con un protocolo de atención para víctimas de violencia de género. Amorales ha acompañado a víctimas como la del caso de Boanerges Osorto, un catedrático que fue cesado de su cargo y que enfrenta un proceso en tribunales por agredir y amenazar a una de sus alumnas.

En el proceso judicial, tres mujeres testificaron en contra de Mendoza, las tres describieron un mismo patrón de conducta de parte del catedrático, sin embargo, la jueza desestimó los testimonios y los calificó de “aislados”. Ese es uno de los principales puntos que recoge el recurso de apelación, interpuesto el 18 de enero del 2020, con el cual Zelaya busca que se anule su condena. 

¿Cómo llegaron a ustedes las denuncias contra Mendoza?

Este caso de Ricardo Mendoza, tuvimos conocimiento varias de nosotras porque fuimos estudiantes de la Universidad de El Salvador, porque es algo que todo el mundo sabe, es como de esos secretos a voces. Y también porque nosotras estuvimos en el elenco del Teatro Universitario. No en el elenco de este señor, porque dentro de la Universidad de El Salvador, habían en ese momento, todavía hay, dos posibilidades: una, que estuvieras en los talleres de teatro universitario y la otra que eran las clases que tenía este señor que era el diplomado de teatro. 

En el 2011 tuvimos un encuentro, viajamos a Panamá y coincidimos con los compañeros que también estaban en el diplomado. Ahí fue la primera vez que yo tuve conocimiento de las cosas que hacía este señor, de los tipo de ejercicio que hacía este señor. Ahí fue donde por primera vez escuchamos, de boca de una compañera decir: “este señor a mí me pidió un desnudo y a mí me parece bien raro, vea, porque me ha pedido que vaya a su oficina y estando en su oficina me dijo que me ofrecía el papel protagónico de una obra de teatro, pero que yo tenía que hacerle un desnudo”. Entonces esta chica le había dicho que no. Y como que el señor había tomado ciertas actitudes en el taller a partir de la negativa de ella, como por ejemplo decirle: “¡Ah, estás gorda!”, hacerle comentarios sobre su cuerpo.

Ya años después comencé a trabajar con las Amorales, ya cuando comencé a tener conciencia de toda la violencia que se vivía en el ámbito teatral, no solo violencia sexual, sino también violencia psicológica. Comenzamos a decir lo que nos molestaba a través del performance. En el 2012, 2013, no me acuerdo qué año fue, en una de nuestras primeras campañas en redes sociales, sacamos un post que decía que contáramos nuestras experiencias. En ese entonces nosotras quizá estábamos respondiendo como a… a lo que ya nos quedaba pues… por… por hacer. Porque dentro de la Universidad de El Salvador todas sabemos que si vos denuncias, o los procesos pasan años ahí o de todos modos el catedrático, como es un catedrático de planta, te dicen que no lo pueden quitar; no lo sancionan, los procesos no avanzan. 

¿Ustedes saben de denuncias formales interpuestas en la UES en contra de Mendoza?¿Cuál es el proceso para denunciar acoso sexual dentro de la universidad? 

Bueno, de denuncias formales dentro de la Universidad de El Salvador no hay. ¿Por qué?, porque no existe un protocolo de atención a personas y a mujeres víctimas de violencia de género. No existe un protocolo que te diga: bueno, vos sos víctima, entonces aquí está lo que vos tenés que hacer. Tal instancia te va a ayudar, tal te va a prestar atención psicológica, tal va a hacer el peritaje. No existe eso.

En el proceso judicial, parte de nuestra estrategia fue presentar testimonios de tres mujeres. Dos de los casos eran en el 2005, eran compañeras y se respaldaba el testimonio de la una y la otra. Y está también el testimonio de otra chica, que cuando ellas lo cuentan, deja en evidencia un mismo patrón de conducta de parte de Mendoza. Una de ellas tenía 17 años cuando fue acosada por este señor. Ahora imaginémonos a una niña de 17 años, acabando de llegar a la Universidad de El Salvador, acabando de salir de bachillerato; que no conocés a nadie, no sabés nada. En realidad no nos educan desde pequeñas para la denuncia. No nos dicen: mirá, podés denunciar. No hay una cultura de la denuncia ni siquiera a nivel general. Entonces te encontrás sola y con miedo. 

Entonces, cuando decís que la víctima  agotó las instancias, ¿a qué te referís?

El problema es que agotar las instancias dentro de la Universidad de El Salvador es bien relativo, verdad. Porque vas a un lugar y te dicen: no, tiene que ir allá. En este otro lugar te dicen: no, es que eso le corresponde a tal. Entonces ella lo que hizo, según lo que le dijeron en ese momento, fue ir a dejar una carta de queja en la Secretaría de Cultura de la Universidad de El Salvador. Ella cuenta que fue y dejó ahí esa carta, pero después ya no le dio seguimiento porque ella tuvo miedo. Cuando ella regresó, al tiempo, a preguntar; ya le dijeron que no, que no había ninguna carta, que ella no había entregado ninguna carta. 

¿Y cómo surge el activismo feminista en la UES? ¿Cómo deciden a partir de estas experiencias tomar acciones? 

A partir de todo esto, de que las bichas comienzan a contarnos y todo esto por redes sociales, nosotras empezamos a preguntarnos eso mismo. Puya, pero, ¿por qué las bichas no dicen nada, por qué no denuncian? También comenzamos nosotras a identificar otros tipos de violencia que se viven dentro de la Universidad de El Salvador que aparentemente son normales, pero que es el hecho de que tu catedratico te pueda decir comentarios acosadores en la clase y no pasa nada. Tus compañeros lo avalan, es una cosa bien avalada dentro de la Universidad socialmente. Entonces nosotras comenzamos a generar acciones como de denuncia anónima, porque nos dimos cuenta también de que había mucho miedo. Ese profesor te va a aplazar la materia o porque te dicen: “te vamos a dar la muerte académica”.

La primera vez que decidimos comenzar a acompañar así, directamente, fue a una de las mujeres que presentó su testimonio (en juzgados) y fue en el 2016, porque a raíz de la investigación que hizo Valeria Guzmán en La Prensa Gráfica, nos dimos cuenta un montón de mujeres artistas… ahí es que ya se vincula también afuera, pues, lo que pasa en el ámbito artístico y lo que pasa en la UES. Se ve vinculado en ese reportaje que ella hace porque vos ves el testimonio de muchas actrices que han pasado, que han vivenciado y que han sido testigas de la violencia que los directores ejercen y todos han quedado en la impunidad y todos tienen un mismo patrón conductual, y es el de hacerte creer que eso es el teatro. Y es el de hacerte sentir que vos sos la prejuiciosa por no quererte desnudar o por no dejarte tocar. Que vos sos la incapaz de hacer teatro. Entonces como vos sos incapaz de hacer teatro, sos mala actriz, no servís para teatro. ¿Entonces qué es lo que tenés que hacer vos, dejarte violentar? Y es una constante que vos ves cuando leés ese reportaje. Valeria nos buscó a nosotras porque ella ya sabía que nosotras ya habíamos hecho acciones, quizá así más pequeñitas, que no habían sido todavía muy visibles quizás, pero eran acciones que pretendían que las mujeres comenzaran a hablar. Entonces ahí fue que ella me entrevista, nos entrevista como Amorales, y damos nosotras nuestras declaraciones. Y no era solo un director acosador señalado con el mismo patrón conductual, entonces nos reunimos todas las mujeres artistas que estamos ahí involucradas e hicimos una reunión y en ese momento tratamos de hacer una articulación de mujeres artistas, precisamente para hablar de esos temas y comenzar a denunciar. En esa articulación fue que una de las compañeras contó su caso con Ricardo Mendoza, pero es la compañera que te digo que tenía 17 años cuando ocurrió el acoso, y en ese entonces ella ya había salido de la Universidad, ya era una mujer adulta, entonces la postura de ella era: “yo ahora puedo decirlo públicamente porque ya no tengo miedo de perder mi carrera, porque ya salí de mi carrera, ahora yo quiero hacerlo público, quiero que todo el mundo sepa que este hombre es un acosador, acompáñenme”. 

En esa reunión se decidió que la íbamos a acompañar a ella a una acción en el Cine Teatro de la Universidad de El Salvador. Eso fue en el 2016. No solo hicimos esa acción, hicimos varias acciones. Incluso fuimos a los Diálogos de Invierno, porque en ese entonces Fernando Umaña (señalado de abuso sexual) estaba trabajando en el Centro Cívico Cultural Legislativo (CCL), y la que estaba en el CCL como directora era Lorena Peña y Lorena Peña iba a estar en los Diálogos de Invierno. Nosotras hasta fuimos a los Diálogos de Invierno, entregamos volantes, hicimos varias acciones para visibilizar lo que estaba ocurriendo en la UES y con otras personas que también estaban vinculadas y que estas personas podían tomar decisiones al respecto. Porque si bien varios de estos casos no iban a proceder legalmente, por la prescripción del delito, que es una búsqueda que nosotras queremos llevar a la asamblea legislativa: la no prescripción de los delitos sexuales. Porque hay muchas mujeres que se tardan 30 años, hay mujeres que se mueren y nunca lo hablan. 

¿Y en los Diálogos de Invierno ustedes pudieron hablar con alguien del FMLN para contarles lo que había pasado? 

Pues fijate que nosotras en ese Diálogo de Invierno a quien acudimos fue a Lorena Peña. 

¿Y cuál fue su respuesta?

Fijate que le hicimos las preguntas y contestó evasivamente. Porque antes de que todos entraran, habíamos dejado, debajo de los programas, les habíamos dejado el comunicado. 

¿Esa es la acción por la que enfrentaron el proceso penal?

No, ese mismo año, mendoza presentó una obra con sus alumnos. Algunas vieron la obra y todo y al final, cuando iba a ser el foro, nos levantamos con carteles y parte de las pruebas que usaron en el juzgado era un cartel que decía “Queremos un campus universitario libre de violencia”. Otra de las pruebas era… o sea, eran carteles que decían “Fuera acosadores de la Universidad de El Salvador”, “Queremos estudiar”, cuestiones así pues. Y sí lo que… lo que sucedió ese día fue que el maitro negó y dijo: no, yo no. 

¿Él se pronunció en ese mismo momento? 

Sí, porque se leyó un comunicado, se hizo la denuncia pública. 

¿Qué decía ese comunicado?

El comunicado decía que habían estudiantes que habían interpuesto denuncias y que la UES no había respondido y que como no respondía, por eso nosotras decidíamos accionar en acompañamiento a las víctimas en esa denuncia pública. 

Otro de los videos que presentan como prueba es a una de las chicas que fue a testificar, en donde le dice: “vos me acosaste sexualmente”. Y él le dice: “yo no te conozco”. Le dice ella, “sí, mirame, vos sí me conocés. En tal año y tal año vos me acosaste sexualmente, no te hagás el pendejo”. Se escucha que ella dice eso y se da la vuelta y luego el video se ve todo movido. 

Y si hay tantas mujeres que denunciaron públicamente, ¿por qué la acusada y condenada sos vos?  

Ajá, esa es la gran incógnita y esa es la gran pregunta y esa es una parte de la apelación y de cómo decir no es el delito de calumnia. Porque el delito de calumnia se configura si, por ejemplo, yo tengo el ánimo y el dolo de hacerle daño a tu honor y a tu imagen por una cuestión personal, infundada y que es mentira. Pero el caso no es así. Entonces ahí es donde se verifica el principio de excepción de la verdad.  Que no soy solo yo la que realiza la acción. Yo acompañé la denuncia de compañeras, porque mi colectiva trabaja esto a través del arte. 

El otro acto de denuncia fue también dentro de la Universidad de El Salvador. En donde nosotras dijimos: bueno, no nos respondieron, verdad, no pasa nada, estos casos son públicos, verdad. Porque nosotras siempre anualmente tenemos una campaña contra el acoso y ya como que después fuimos más ordenando las ideas. Entonces montamos un circo viejo dentro de la Universidad de El Salvador, que es un performance, que también está basado en la técnica del scratch. El scratch es un tipo de performance que surge en el sur, después de las dictaduras de Chile y Argentina, en donde las personas montan festivales y carnavales. A la par de eso imprimen grandes banners en donde exhiben la cara de los torturadores, los militares, y de personas que participaron el la dictadura militar y que han quedado impunes. El objetivo es evidenciar esos rostros que cometen delitos y violencia y pretender pasar desapercibidos. Entonces nosotras en ese entonces comenzamos a hacer esa metodología, le llamamos “El Circo Viejo” y pusimos el rostro de varias personas acusadas de acoso sexual, entre ellos El Gordo Max y Ricardo Mendoza. 

Entonces así fue como nosotras nos comenzamos a meter a hacer activismo dentro de la UES. Luego acompañamos otro caso que hicimos presión que hicimos que sacaran al docente (José Boanerges Osorto), que fue el caso de antropología. Y casos así, pues, Ricardo Mendoza no es el único caso que nosotras hemos acompañado. 

¿Pero el colectivo es más grande, por qué solo a ustedes dos se les acusó?

Creo que era porque eran los datos que tenían a la mano. Primero, a mí me conocen porque era del Teatro Universitario. Segundo, porque o sea, yo he estado en las acciones. A mi otra compañera igual la identificaron no porque supieran su nombre, sino porque ella solicitó de manera formal el permiso para realizar el festival Circo Viejo dentro de la Universidad de El Salvador y las mismas autoridades de la Universidad de El Salvador le han facilitado los datos de mi compañera a este señor, datos que deberían de ser confidenciales. 

¿Y esas autoridades llegaron a presenciar las denuncias que ustedes estaban haciendo?

Como no, como no. Ese día incluso recuerdo que el de la secretaría de arte y cultura pasó por ahí, o sea sí saben de las denuncias. Todas estas denuncias no son ajenas a las autoridades de la Universidad de El Salvador. Si nosotras, mirá, hemos insistido en las redes sociales, en la vida real también, y por ejemplo en redes sociales, fue tanta nuestra insistencia que logramos en el contexto de este docente, de Boanerges, logramos instalar unas reuniones con Rectoría y con la unidad de género para poder generar un protocolo. El problema dentro de la Universidad de El Salvador es que el problema de las mujeres no es una prioridad. 

¿Y ese protocolo en qué quedó?

Primero nos invitaron así, nosotras decimos que era también para calmarnos, verdad, para callarnos. Y nos invitaron y nos pidieron la opinión y todo pero después ya no nos llamaron, llamaron a otras personas. Eso fue el año antepasado, 2018. 

¿Y quién las llamó?

De parte de rectoría. 

¿Como colectivo?

Sí, como colectivo Amorales. 

¿Y cómo valorás el proceso judicial que han enfrentado contra Ricardo Mendoza?  

La verdad que para mí, emocionalmente ha sido bien chocante, ha sido bien cansado. Cuando yo me di cuenta de la demanda estaba en Uruguay. Con otras compañeras de las Amorales habíamos ido a un encuentro de mujeres artistas latinoamericanas y… feliz y contenta de la vida, veá. Nos llaman de aquí de El Salvador y nos dicen: bichas, les ha llegado la notificación de un juzgado, a vos y a la Lupita. Ha de ser una cosa sencilla, decían las bichas. Y ahí fue cuando pedimos ayuda y alertamos a las organizaciones. La Red de Defensoras desde el primer momento nos prestó ayuda para ver qué es lo que pasaba. Y nos dimos cuenta que estábamos siendo denunciadas por Calumnia.

Para mí, emocionalmente fue bien feo. Yo estudié Licenciatura en Jurisprudencia y Ciencias Sociales. Yo siempre, al principio de mi carrera, estuve muy ilusionada con la práctica jurídica, pero después me di cuenta que no era como te lo pintan en las películas, verdad, los juicios orales y todo eso y me desilusioné un montón. Pero nunca me imaginé que yo iba a ser una imputada. O sea, la carga, el peso que tiene el hecho de que el sistema judicial pueda castigarte, o sea, es el monopolio estatal de la violencia ejercida sobre las personas de una manera legítima, pues, a través de comprobarte que cometiste un delito. Porque eso es lo que yo soy para el sistema, una delincuente condenada. Eso es lo que yo soy. Me da como rabia, verdad, porque al final es una… es una mujer la delincuente, no el que tanto ha jodido a tantas mujeres.

Y bueno, cuando se dio la primera audiencia que fue la de conciliación y que nos preguntaron si queríamos conciliar, nosotras de entrada, como colectiva nos posicionamos en que no, verdad, a pesar de que este ataque, a pesar de que nos han individualizado y es porque el sistema judicial te pide que individualicés, verdad. Vos no podés llegar y denunciar: denuncio a la colectiva Amorales, verdad. Entonces por eso se ha tenido que individualizar pero nosotras desde un principio lo consideramos un ataque hacia la labor de defensa que hace la colectiva dentro de la Universidad de El Salvador, precisamente porque este señor dentro del juicio él mismo ventiló que quienes lo han asesorado son las instancias que dentro de la Universidad de El Salvador deberían de proteger a las estudiantes, que eran la Fiscalía Universitaria y Defensoría Universitaria. Entonces el juicio, yo te digo: súper nerviosa cada vez que entraba. Afuera es una realidad y adentro es otra realidad. Ahí dijimos que no íbamos a conciliar y luego ha sido de un trabajo constante también de poder visibilizar el caso. 

Aquí no solo es un problema jurídico, es un problema político, porque están en juego un montón de cosas, pues. Si nosotras dejamos en firme esta sentencia, ¿qué va a pasar con otras mujeres que denuncian a nivel público porque sabemos que las instancias judiciales no nos responden ante el acoso sexual? ¿qué va a pasar con las mujeres del Me Too? ¿tendríamos que judicializar a todas las mujeres del Me too? No podemos permitir que se judicialice la denuncia pública, porque eso es una denuncia pública. Entonces siento que dentro del proceso no se ha escuchado tampoco a las víctimas, porque dentro de la estrategia fue presentar estos tres testimonios.

¿La jueza tomó en cuenta el hecho de que ustedes ejercen la labor de defensa de derechos humanos? 

No, no reconoció ni tomó en cuenta todas las acreditaciones y todo lo que nos avala a nosotras como defensoras de derechos humanos, ella me ha juzgado como si un día yo me levanté de mi casa y dije: bueno, ahora tengo ganas de joder a esta persona porque me cae mal. Así me ha juzgado esa jueza. No le aporta credibilidad, según ella, los testimonios de las tres víctimas que presentamos: no son vinculantes, son aislados, dice ella. Y eso es parte de lo que impugna mi abogada. Porque ella (su abogada) hace una línea donde dice que existe un patrón conductual de aprovechamiento de parte de un profesor, que hay una relación de poder, que hay una asimetría en cuanto a las edades de las estudiantes y del profesor en el momento en que se cometió el hecho. Por ejemplo, una tenía 17 años y el maitro ya tenía cincuenta y tantos años, la otra ya tenía 20 años y el maitro ya tenía 60. Y además es un docente. Entonces ella visibiliza a partir de los testimonios el patrón conductual de aprovechamiento que él ha hecho en base a su cargo como docente de teatro. 

El proceso en sí ha sido bien revictimizante para las mujeres que presentaron su testimonio, porque incluso se atrevieron a decirles: “bueno, ¿y por qué no cambió de docente, por qué no se fue?” Y una de ellas le dijo: “porque era mi derecho”. Y esas son cosas que no han entrado a ser parte de las valoraciones de la jueza. Ella desestimó totalmente los testimonios de las mujeres, a pesar de que ellas describen conductas de carácter sexual. Uno de los testimonios dice que él la llamó a un casting privado un día sábado y ella accedió, porque ella quería ser actriz, y fue al casting. Supuestamente él había llamado a varias personas de ese taller al casting, pero a diferentes horas. Supuestamente ella llegó al casting y él le dijo que necesitaba explorar la corporalidad. Entonces le dijo que se acostara en la duela, en el piso de madera y que se acostara ahí, que cerrara los ojos y que respirara profundo. Entonces dice que ella se acostó, cerró los ojos y comenzó a respirar y cuando sintió el tipo estaba encima de ella quitándose la camisa. Entonces ella lo apartó, lo empujó y ella le dijo que eso no le gustaba, que ella se sentía incómoda, que qué le pasaba. ¿Y qué es lo que él dice? Es parte del ejercicio teatral, no se confunda. Lo que ella hizo fue irse. Una joven de 17 años. 

¿Qué dijo él ante las acusaciones? 

No, él no acepta. Él lo que dice que esos hechos nunca han sucedido y que nosotros lo que hemos hecho es prefabricar el caso. Esa fue parte del argumento de la parte acusadora. ¿Te imaginás que nosotras vamos a tener tiempo en nuestra vida para prefabricar un caso de tal magnitud e inventarnos mujeres que denuncian públicamente que desde 1994 este tipo viene siendo un acosador? 

La otra compañera relató un hecho similar, en el que él, en un ejercicio teatral les dijo: vaya, cada quien se pone en un espacio en el salón, vea. Entonces ella cuenta que él le pidió que apagaran la luz, que cerraran los ojos y que les dijo que imaginaran que estaban teniendo un orgasmo y que si les costaba, él iba a pasar por donde ellos a ayudarles. Entonces dice que ella no hallaba qué hacer y entonces que de repente solo sintió que el hombre le agarró la chiche y le trató de meter la mano en el pants. Cuando le intentó meter la mano en el pants, dice que ella lo quitó, abrió los ojos y se fue. Incluso él, en la entrevista que le hace Valeria Guzmán, asume y dice: “sí, yo ya he pasado por acusaciones similares en el 2011”. En el 2011 nosotras ni sabíamos, ni sabíamos que íbamos a hacer todo esto, pues, que hicimos después en 2016. En 2016 nos íbamos dando cuenta a penas. En 2011 habían otras mujeres que lo habían acusado a él antes. Y se lo dice él a Valeria en el reportaje. 

¿Y vos creés que esta consecuencia, el hecho que Mendoza haya acudido al sistema judicial, es una consecuencia del peso del trabajo de ustedes como colectivo?

Sí, lo hemos valorado, lo hemos valorado porque o sea nosotras decimos: imaginate el poder simbólico del arte. A las personas les puede agredir que pongamos un banner ahí, que le tiremos dardos diciéndole acosador, pero no les agrede escuchar que tres, cuatro, cinco mujeres más están hablándolo. Yo en mis alegatos finales lo dije: esta, aunque nosotros seamos las demandadas, esta es la única posibilidad judicial que tenemos de ser escuchadas como estudiantes y de que escuchen lo que sucede en la Universidad de El Salvador. Porque qué es lo que pasa en las instancias judiciales, si vos no tenés pruebas, vos no podés instalar un proceso. 

¿Vos creés que el sistema no está diseñado para las denuncias de acoso?

No, y vos cómo vas a tener pruebas si el día que te acosaron, vos no te levantaste pensando: me voy a llevar mi cámara lista para que me acosen. No vamos a clases pensando en eso. ¿Tendríamos que tener una cámara instalada en alguna parte del cuerpo o qué? Entonces yo creo que sí, las acciones simbólicas que hemos hecho han tenido peso, porque es un caso conocido. Y porque aunque yo sea la condenada, el acosador, el señalado de acoso, aunque no sea condenado, siempre va a ser él. 

¿Han ganado algo ustedes con todo esto? 

Yo creo que sí. Hemos ganado que las mujeres comiencen a hablar también. Hemos ganado que se rompa el silencio. Y también creo que es importante el precedente judicial que se pueda presentar, si nosotras ganamos la apelación también, porque esto tiene que ver no solamente con mujeres ya adultas, si no con lo de las niñas y de cómo se resuelven los delitos sexualesa nivel general. Es como toda una, todo una metafísica de pensamiento que está instalada a nivel general. Es la cultura de la violación, verdad. Entonces así como tocar niñas no es delito para ellos, si no una falta, y al final nada y la castigada es la mamá y la niña que se fueron del país amenazadas, tampoco las estudiantes tenemos un derecho legítimo a estudiar. O sea, si queremos estudiar… ¿Vas a estudiar? Ah, entonces sabés qué, te van a acosar. No tenemos el derecho a estudiar libres de violencia, entonces para mí no existe tampoco el estado de derecho para nosotras. 

Si vos denunciaras ante el sistema judicial y te funcionara, y de verdad castigaran al agresor, vos no tuvieras necesidad de hacer el caso mediático y recurrir a otros tipos de justicia, pues. Porque también el símbolo de castigar a esa persona se trasladaría a lo social. Porque la importancia de la norma es esa, pues, la norma te señala lo que está bueno y lo que está malo; y si a vos no te castigan por ser acosador, es porque acosar está bien. Eso es básico incluso para esos jueces que son positivistas y que tanto “Kant, Kant, la norma”, la importancia de la norma. ¿Cuál es la importancia de la norma entonces, qué estamos diciendo cuando reafirmamos ese tipo de sentencias? Y por otra parte, ¿qué estamos castigando? Estamos castigando a una persona por no poder castigar a todas. Yo solo soy la muestra de lo que no se debe de hacer, porque si no te castigan. 

¿Qué esperás con la apelación? ¿realmente piensan que les resolverán a favor?

Mi mecanismo de defensa es no ilusionarme. Y pensar… quizá todas las posibilidades. Tenemos el apoyo de otras colectivas feministas porque sabemos que el ataque no es solo a una, pues. Al final de todo se manifiesta en mi persona porque necesitás individualizar, pero en realidad, la jurisprudencia te genera un resultado negativo no solo para mí, si no para todas las mujeres en general y para el movimiento feminista. Para las mujeres defensoras de derechos humanos, porque yo he sido condenada en mi labor de derechos humanos, que no ha sido reconocido por una jueza.

¿Entonces qué van a hacer las Amorales en los próximos años? 

Nosotras seguimos acompañando este año a mujeres que quieren denunciar públicamente. Seguimos recopilando casos de este hombre porque hemos encontrado testimonios desde 1994.  Hemos decidido que no podemos detenernos en la denuncia, en el acompañamiento de las víctimas.

Endometriosis, el dolor de las mujeres solas

Soy Fátima Escobar y tengo endometriosis. Eso no me define, pero es importante decirlo hoy. Antes de iniciar, quiero decir que este texto nace en medio de una tribulación emocional, pues pocas personas conocen mi padecimiento. No fue fácil. 

Por Fátima Escobar

Fatima Escobar, comunicadora experta en generación de contenidos y comunicación institucional.

Tuve mi primera menstruación a los 13 años. Siempre dolió mucho. Mes a mes, la hemorragia era cada vez más fuerte y lo que para todo el mundo era “normal”, en mi se traducía en llanto y mucha sangre. Mientras me desmoronaba por dolor, tuve que escuchar frases como “no seas exagerada” o “a mí me dolía más, pero tampoco me hacía la víctima”. 

¿Se imaginan crecer y pensar que sentir cuchilladas en el vientre, espalda, piernas y estómago, todos los meses, era normal? Intenté, por años, acostumbrarme a mi vida adolorida. En mi mente me repetía: “Fátima, así es la regla, ya se te pasará”. En esos años comprendí que cuando las personas no se identifican con tu dolor, tu sufrimiento siempre es inoportuno, cansado y exagerado. 

Una noche de mayo de 2017, sentí que iba a morir. Aun recuerdo ese frío temeroso que invadió mi cuerpo desde los pies hasta mi vientre. El estómago se me encogió de dolor y yo no podía siquiera hablar para pedir ayuda. Cada gota de sangre, significó una tortura. Esa noche, junto a mi cama, me hinqué en posición fetal; mi corazón galopó tan fuerte que lloré hasta agotar mis lágrimas. El dolor era insoportable. Por suerte, mi cuerpo inmerso en el cansancio, encontró un poco de sueño y descanso.

A lo largo de mi enfermedad nadie (o casi nadie) ha comprendido mi dolor, excepto mujeres que han pasado por esto. Aunque no lo crean, te llega dolor por todo; por el periodo, porque estás ovulando, porque hay frío o por cosas tan simples como tomar café. Sin embargo, con todo esto encima tu vida cotidiana te exige simplemente soportar. 

Cuando mi cuerpo no pudo más, tuve que correr a pedir respuestas. En medio de decenas de pruebas médicas, como endoscopias y ultrasonografías pélvicas, todo indicaba estar en perfecto estado. “El estómago le duele por estrés”, dijo un gastroenterólogo. Ninguno de los cuatro médicos que me atendió (gastroenterólogos y ginecólogos) sospechó que podía tener endometriosis. Según los especialistas, esta es una enfermedad que tarda alrededor de siete años en ser diagnosticada, aproximadamente el tiempo que tardó en mi caso. Mientras yo sentía que mi vida se acababa, mis únicos amigos fueron analgésicos como el tramadol.  Ya no recuerdo cuántas veces corrí a la farmacia a comprarlos o hice que mis amigos desviaran sus caminos para traer a mí un poco de alivio. 

Mi diagnóstico llegó luego de un peculiar episodio que me obligó insistirle a los médicos que mi dolor no era normal. Fue en septiembre de 2017, cuando en una cena con mis amigos descubrí que un chorro gigante de sangre se paseaba por mis piernas, hasta llegar a mis pies. Estábamos en un restaurante muy concurrido y en una sociedad donde la menstruación es un tabú, no podés ponerte de pie con un pantalón lleno de sangre sin que decenas de miradas te ataquen. Me pasó, me aterré e insistí que eso  no era normal.

Siete días después, por medio de una ultrasonografía, la ginecóloga encontró un tumor de 9.6 centímetros en mi ovario. Sin saber qué era lo que tenía, entré al quirófano cinco días más tarde. Diagnóstico: endometriosis severa.

La endometriosis es una enfermedad que afecta a una de cada 10 mujeres; este padecimiento hace que el tejido que normalmente reviste el interior del útero, crezca fuera del útero. La endometriosis te lastima mucho emocional y físicamente. Lloré mucho y aún sigo llorando.

Luego de la cirugía, me sometí por dos años, a un tratamiento que logró que a mis veinticinco años mi cuerpo tuviera la menopausia de manera temporal. No menstrué por veinticuatro meses. En ese proceso, nadie me explicó que mi peso subiría descontroladamente y que tendría un estado de ánimo depresivo. Tardé mucho tiempo en desintoxicar mi cuerpo, incluso, a veces creo que todavía no lo he logrado.

La enfermedad no tiene cura y solo se anida en tu cuerpo en edad fértil, para formar muros en el lugar donde se sienta más cómoda. En el 2020 todavía se desconocen las causas de este padecimiento. Lo que se sabe es que causa infertilidad en el 50% de mujeres que la poseen; origina problemas en los intestinos y vejiga; y lo único que aparentemente puede ayudar es comer alimentos que estén libres de hormonas y pesticidas.

Luego de tres años de haber sido diagnosticada, me he informado mucho de la enfermedad y he hablado con mujeres maravillosas que todos los días luchan por salir adelante. Mujeres que en inmersas en el internet, charlas y libros han logrado encontrar la cura (su cura) de este “cáncer benigno”. Siempre digo que la endometriosis es la enfermedad de las mujeres solas, mujeres que transitan por una batalla que cuenta con pocos especialistas y muy poca información. 

Siempre me pregunto, si esta enfermedad afectara a los hombres ¿ya habría cura? No lo sé. Pero sí sé que como las mujeres “soportamos todo”, los estudios siguen estancados.

Estemos atentas, porque el dolor no es normal. Lo normal es estar bien y que tu periodo llegue mes a mes sin complicaciones.  Las enfermedades ginecólogas son muchas y vale la pena chequearse y buscar respuestas hasta encontrarlas. 

Mi batalla no termina. Mi batalla es diaria. Siempre agradezco encontrar luz en personas como mi esposo, familia y amigas más cercanas, que sin duda luchan a mi lado. 

Siempre hay algo que debemos recordar: no estamos solas, nos tenemos a nosotras, siempre.

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Fátima Escobar es comunicadora. Fue periodista por cuatro años, en la sección de espectáculos y salud de La Prensa Gráfica. Realizó coberturas en Latinoamérica y Europa. Su principal interés está enfocado en la salud pública y derechos humanos. En la actualidad se especializa en generación de contenidos y comunicación institucional

Ya no podemos seguir abrazadas al silencio

Por Rocío Juárez

Sonrisas nerviosas en el pasillo de judiciales, dos manos tratando de esquivar en vano el tocamiento del compañero para luego comenzar una plática como si nada hubiera sucedido. Eso es parte del cotidiano vivir que pasó y puede estarle sucediendo en este momento a una periodista, mientras avanza por “ganarse el derecho de piso” o porque su trabajo sea reconocido por la empresa donde se producen noticias.

Rocío Juárez, periodista independiente

Si cada voz afectada por un acoso sexual hablara, la Fiscalía General de la República tendría miles de historias sobre mujeres, víctimas de este mal que cada día cobra estabilidad emocional, física y mental, sumándose la pérdida de empleo, una buena dosis de señalamientos contra su dignidad, seguido de la revictimización, haya iniciado o no un proceso legal para exigir respeto a sus derechos como persona.

Que una colega inicie una investigación para luego exponer a la luz los casos de acoso sexual hacia otras periodistas, requiere de valor para ambas partes: quien entrevista y quienes son fuentes, aunque estén protegidas por el anonimato. Alguien debe hacer esta labor de denuncia y a la vez, orientar a más voces de mujeres para que no se dejen vencer por el temor hasta detener el abuso, señalar al victimario y exigir justicia. Una justicia que no esté subyugada por la cultura machista con todos sus derivados (prepotencia, supremacía del hombre sobre la mujer en cualquier ámbito de la sociedad, entre otros).

Para creerles no es necesario conocer la identidad de las víctimas ni los pormenores del acoso sexual o agresiones sexuales a las que estuvieron expuestas. Deberían bastarnos con sus testimonios y el de sus compañeros de trabajo. Identificarnos con el miedo que paraliza a las víctimas de acoso sexual debería bastar. Entender que en un intento desesperado por encontrar una salida, rompieron el silencio, debería bastarnos. Pero no, hacemos precisamente lo contrario: no queremos creerles y así le damos desesperanza a otras que están viviendo la misma situación. Las culpabilizamos a ellas y no al victimario, que como siempre es padre, esposo, familiar de alguien.

Yo sí les creo porque duele la impotencia de las víctimas por lo sucedido, de sufrir traumas por la rememoración de la experiencia en los procesos legales, donde oídos técnicos deben tomar nota para respaldar su caso ante el sistema judicial, de mejor tener memoria selectiva para continuar la carrera en otro medio de comunicación, de no quedar estigmatizada.

Es apremiante creerles porque las mujeres ya no podemos seguir abrazadas al silencio después de haber vivido cualquier situación de violencia contra nuestra dignidad, sea verbal, psicológica, emocional, mental y física. No podemos seguir escribiendo la historia con los paradigmas que ponen en riesgo la vida de la mujer, llámense religión que adormece exigiendo sumisión femenina ante “el varón”, llámense comportamientos familiares donde nos amoldan el carácter para ser serviciales y optar ser “objeto de” la pareja porque así lo dicta la tradición, llámense la cultura social, que obliga subliminal y abiertamente a que entre nosotras nos volvamos detractoras cuando una alza la voz, se defiende y grita: ¡No más!

Edición: Metzi Rosales Martel

Rocío Juárez es periodista, con especialidades en comunicación organizacional y periodismo digital. Como consultora en comunicaciones, su principal interés es promover la temática ambiental con enfoque de desarrollo sostenible, lo cual le ha permitido incursionar en organizaciones ambientales sin fines de lucro, promover buenas prácticas ambientales en agencias de publicidad y apoyar iniciativas de protección de vida silvestre como aves y tortugas marinas.

Ni poeta, ni ensayista ¡Sos un ciberacosador sexual!

Sé que te estás disculpando porque hoy nos tenés miedo, no porque estés arrepentido o deconstruido. Te estás disculpando porque ya crecimos y sabés que podemos contar lo que hiciste. Te estás disculpando porque tenés miedo de que tu nombre forme parte de una nueva lista, de que tu nombre de poeta ya no sea reconocido por la prosa de tu pluma, sino por la prosa de tu acoso. Te estás disculpando porque ahora ya sabemos que los textos de tus inbox tienen un nombre: acoso, ciberacoso y que es un delito contemplado en la legislación salvadoreña. 

Por Mónica Campos

Sucedió. Un viejo ciberacosador sexual me escribió para pedirme disculpas vía Twitter. Confieso que no me lo esperaba. Todo ocurrió por el 2016. Él, reconocido en el ámbito cultural por sus obras, me acosó a mí, y a otras colegas, la mayoría estudiantes de comunicaciones, todas jóvenes. Todas menores que él, con una diferencia de más de 10 años. 

Transcribo aquí el contenido de su mensaje, escrito el 11 de octubre de 2019:

“Hola, Mónica. Te escribo con todo el respeto debido. Quiero disculparme por las veces que en el pasado te haya hecho sentir incómoda o te haya dicho cosas fuera de lugar. Admito mi culpa. Sé que el machismo es estructural, tengo casi cuarenta años de vivirlo en carne propia en modos que yo no comprendía del todo. Eso no me justifica, pero permite entender que el cambio que esta sociedad requiere pasa también por el plano personal. Estoy luchando para cambiar y sanar. Espero no importunarte con este mensaje. Saludos.”

Entre la molestia y el desconcierto, pues estas son cosas de las que una no se quiere acordar, decidí desahogarme con una colega. Así me di cuenta de que a otra colega le había enviado el mismo mensaje. En la redacción del texto sólo cambiaba el nombre. Con mi compañera, a quien llamaré Fernanda, nos enojamos, nos reímos, nos indignamos y llegamos a ciertas conclusiones. Hicimos llamadas, chateamos con otras mujeres, quienes también habían recibido mensajes de contenido sexual de este hombre hace años, y descubrimos que solo se había disculpado con nosotras. La razón: el miedo. Déjenme explicarles por qué. 

Esa misma semana en un evento público, en un microsegundo y después de varios años de haber recibido sus mensajes incómodos, advertí la presencia del ciberacosador; y él, la mía. Realmente no le tomé importancia. Como ya expliqué esas son cosas que una prefiere olvidar, aunque sea imposible. 

Para describir un poco el contexto del evento: estábamos rodeados de periodistas, políticos, abogados y personas que dirigen y generan opinión pública. Mi colega y yo somos feministas. Nuestras publicaciones en redes sociales, que fue el medio utilizado por él para acosarnos, dan fe de esto. Intuyo que esa situación, y las recientes publicaciones en Twitter sobre agresores y acosadores sexuales, provocó que tres días después él nos escribiera para pedirnos disculpas. También porque ya no somos estudiantes de comunicaciones, somos mujeres periodistas y feministas que nos movemos en espacios donde él es reconocido. Somos mujeres que tenemos voz propia y que generamos contenidos en plataformas que buscan exponer temas de desigualdad: periodistas en los inicios de su carrera, pero periodistas al final. 

Esta es para mí la razón por la cual decidió exclusivamente disculparse con nosotras. Acto seguido, se dedicó a hacer un mea culpa desde su cuenta de Twitter. Como era de esperarse, lo que no ha publicado es que se dedicó por años a acosar mujeres jóvenes, e incluso menores de edad, por medio de internet. Solo acepta haber “normalizado el irrespeto y el acoso con” su “cultura de macho”. Dice que debe intentar sanar. Y que el patriarcado es un sistema opresor del cual él era parte y bla, bla, bla. Miedo. Además, se ha dedicado a retuitear a activistas feministas salvadoreñas… de un día para otro se ha convertido en un aliado feminista.

Cuentos eróticos, como herramienta para el ciberacoso

La primera vez que escuché sobre él, yo era estudiante de comunicaciones y trabajaba por horas sociales como asistente de investigación para un proyecto de la universidad. Una compañera me contó que un hombre le escribía para compartirle sus cuentos eróticos. Esa era la treta que usaba para después hacerle preguntas fuera de lugar. Esto de alguna manera la molestaba e incomodaba. Ambas pensamos que era raro y lo dejamos hasta ahí. Meses después, recibí exactamente el mismo tipo de mensajes de un hombre, quien además era un funcionario público. Era el mismo ciberacosador. Estamos hablando de allá por 2016.

Ese mismo año, el cuatro de febrero, la Asamblea Legislativa aprobó La Ley Especial de Delitos Informáticos y Conexos. Esta busca proteger los siguientes bienes jurídicos: “La información que garantice y proteja el ejercicio de derechos, fundamentales como la intimidad, honor, integridad sexual, propiedad, propiedad intelectual, seguridad pública, entre otros”.

En el Capítulo III de la ley: “Delitos relacionados con el contenido de los datos”, se lee: 

Acoso a través de Tecnologías de la Información y la Comunicación

Art. 27.- El que realice conducta sexual indeseada por quien la recibe, que implique frases, señas otra conducta inequívoca de naturaleza o contenido sexual, por medio del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, será sancionado con prisión de cuatro a seis años”.

Sin embargo, el acoso sexual es un delito desde 1998, cuando entraron en vigencia los nuevos Código Penal y Procesal Penal. El artículo 165 lo tipifica y la condena es de tres a cinco años. Si el acoso es cometido contra menores de edad, la pena es de cuatro a ocho años de cárcel. Pues bien, mi ciberacosador, el ciberacosador de mis colegas y amigas, el poeta y ensayista ha infringido ambas leyes.

A Fernanda, la acosó cuando era menor de edad. A ella le molestaba recibir sus mensajes. Pensó que el acoso sexual se detendría si ella dejaba de frecuentar los espacios y talleres literarios donde ambos coincidían. Y lo bloqueó de sus redes sociales. Así, Fernanda renunció a sus espacios y a formarse en la literatura. Todo para encontrar paz, respeto y tranquilidad.

¿Qué teníamos Fernanda y yo en común a parte del mismo acosador sexual? Enfado, impotencia, incomodidad, frustración y falta de información. No entendíamos el acoso como tal y mucho menos sabíamos de la Ley de Delitos Informáticos ni del Código Penal. Al final, ambas lo bloqueamos de Facebook con tal de detener sus mensajes. Y él terminó cerrando su cuenta en esta red social, no así en Twitter.

En el caso de Fernanda, cometió un delito más grave porque ella era menor de edad cuando la acosó. Esto de acuerdo con el Capítulo IV de la citada ley contra delitos informáticos: 

Acoso a Niñas, Niños y Adolescentes o Personas con Discapacidad a través del Uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación 

Art. 32.- Quien atormente, hostigue, humille, insulte, denigre u otro tipo de conducta que afecte el normal desarrollo de la personalidad, amenace la estabilidad psicológica o emocional, ponga en riesgo la vida o la seguridad física, de un niño, niña, adolescente o persona con discapacidad, por medio del uso de las Tecnologías de la Información o Comunicación, será sancionado con prisión de dos a cuatro años. La pena se agravará con prisión de cuatro a ocho años, para quien realice conducta que implique frases, señas u otra acción inequívoca de naturaleza o contenido sexual contra una niña, niño, adolescente o persona con discapacidad, por medio del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación.

Entonces, exciberacosador sexual, no nos debés una disculpa. Nos debés un par de años de prisión. Lo mínimo sería que, con tu prosa, redactés una disculpa pública dirigida a todas las personas que has acosado sexualmente. No esos tuits ambiguos ni esos mensajes privados en los que solo cambiás el nombre de tus acosadas. Y déjame aclararte algo, la deconstrucción, esa tu lucha por cambiar y sanar no es válida si solo te disculpás con mujeres que tienen roles específicos en la sociedad, con mujeres periodistas que trabajan en medios de comunicación. Eso no es ganas de cambiar, es conveniencia. 

Un lugar común llamado acoso

Mientras me debatía entre escribir o no sobre esto, me encontré con un post de Claudia Alvarado, una excompañera de la universidad y comunicadora social. Claudia exponía indignada a un ciberacosador sexual. Entonces me pregunté: ¿Cuáles son las probabilidades de que yo, una persona que sufrió ciberacoso, encuentre ese mismo instante la publicación de denuncia de otra mujer con el mismo problema? Pues parece que somos muchas. Y es que el acoso cibernético o acoso online es un mecanismo que utilizan los hombres que aprovechan el carácter impersonal de Internet para aproximarse a las víctimas.

El acoso por Internet tiene como antecesor al acoso sexual offline, ese que se da en la casa, en el trabajo o en espacios públicos. Solo de enero a septiembre de 2019, la Policía Nacional Civil recibió 612 denuncias de acoso sexual: 562 corresponden a mujeres que han sido acosadas sexualmente. Es decir, nueve de cada 10 víctimas de acoso fueron mujeres. En las siguientes infografías, la periodista Metzi Rosales Martel, presenta estos datos que fueron publicados en las redes sociales de Temporada de Leonas, y que actualizó para que yo los comparta en este texto:

Después de leer el post de Claudia, le pregunté si sabía que podía acudir a la Fiscalía General de la República y su respuesta fue no. Juntas llegamos a la conclusión de que el desconocimiento es un arma para estos hombres. 

Claudia decidió denunciar públicamente a su acosador. En su cuenta de Facebook escribió: “Dudé muchísimo antes de escribir esto, quizás porque sentí que no tiene ningún caso. En parte es porque estoy molesta porque no reaccioné como debía o como quería ante esta situación, eso me hizo sentir muy culpable”.

Para ilustrar mejor la situación, Claudia adjuntó capturas de pantalla de los mensajes que le envió el sujeto. 

Le conté a Claudia lo que este ciberacosador sexual tenía en común con el mío y el de Fernanda y su respuesta fue abrumadora. Hace años, cuando ella cursaba la materia de Periodismo II, entrevistó a nuestro exciberacosador para un reportaje sobre escritores que tuvieran otros trabajos para poder costear su carrera. Tiempo después, él comenzó a acosarla. “Yo lo bloquee. Hubo días en que me escribía que quería verme. Qué horrible, hasta tenía su método. No sé por qué uno siente que una es la del problema, que una exageró, que solo es un man loco y que se le va a pasar”,  me explicó.

Claudia concluyó su post invitando a romper el silencio. “Denuncien el acoso, sea online o offline pero no callen, ellos hacen estas cosas porque creen que no pasará nada, que podrán regresar a las sombras y no pasará nada. Ahora más que nunca necesitamos el feminismo, necesitamos que la gente entienda que no es no y que no pueden abordar a otras personas que no conocen de esta forma porque no es romántico ni lindo ni nada. ES ACOSO.”

Un día después de que ella hiciera públicas las capturas de pantalla, cuatro personas allegadas al dueño del perfil, le escribieron pidiéndole que eliminara la publicación. Aseguraban que a su familiar y amigo le habían “hackeado” su cuenta de Facebook. La presión por parte de estas personas, la hizo ocultar la publicación. Como no hay forma de comprobar si estas explicaciones son ciertas, sabe que es su palabra contra la red de apoyo de este sujeto.

Yo también dudé al escribir esta entrada en mi blog, porque la crítica y los señalamientos nunca dejan de dar miedo. Aunque el texto de sus disculpas constituye una prueba, él puede intentar minimizar el ciberacoso sexual que me hizo a mí y a mis colegas. Debo reconocer que no hago público su nombre por esta razón. Por eso, las palabras de Metzi cuando le comenté mi experiencia, la de Fernanda y Claudia, me hicieron mella: “Para estos casos es curioso cómo la presunción de inocencia juega a favor de ellos. Las acosadas tenemos que demostrar que nos acosaron, las violadas tenemos que demostrar que nos violaron”. Sin embargo, estoy consciente de que es hora de romper el silencio para prevenir que otras personas pasen por lo mismo y para que quienes han experimentado cualquier tipo de acoso sepan que es un delito y pueden denunciarlo en la policía o en la fiscalía. No somos las primeras en despertar y sé que no seremos las últimas. 

Y para vos, no acepto tus disculpas porque no me parecen sinceras. No le hacés honor a tu profesión. Ocupar el arte, en este caso la palabra escrita, para ciberacosar sexualmente, te aleja de la naturaleza de tu profesión. No eres una persona humilde ni afable. Y tu pluma no solo nos ha lastimado, nos ha ofendido, nos ha irrespetado y la has usado como arma para cometer el mismo delito con distintas jovencitas.

Edición: Metzi Rosales Martel

Tiempos violentos para el amor: cómo salir de una relación abusiva

Por: B. M.

Dicen que llega un momento en que por fin una está lista para hablar. Hoy quiero contar mi historia, quiero contar cómo por fin salí de un ciclo de violencia que me mantuvo atada a un hombre por casi tres años, sin escuchar a nadie.

A él lo vamos a llamar Eduardo. Eduardo era un hombre muy sociable, no mostraba mayores señales de ser un agresor y me trataba muy bien al inicio de la relación. Hacía cosas extrañas que yo en ese momento no comprendía. Por ejemplo, me obligaba a ir al cine en tacones y me decía que yo no tenía “estética” para pintarme las uñas, que todos manchados me quedaban los dedos. Que, a diferencia de mí, su ex novia siempre andaba arreglada. Con ella siempre conversaba y se veía a escondidas. Con ella y con otras mujeres de las que me enteré hasta mucho tiempo después. 

La primera vez que me insultó, íbamos en el carro. Me dijo “pendeja”. Pensé que quizá yo lo había hecho enojar demasiado. Me pidió disculpas y lo solucionamos. Unas semanas después, siempre en el carro, él recibió una llamada. Yo llevaba su teléfono porque él iba manejando. Vi que era su ex. Cuando indignada le informé quien era, comenzó a golpearme en la cara para quitarme el celular y me empujó contra la ventana. Yo, atónita, empecé a llorar. 

Al parquearnos, él comenzó a llorar también. Me pidió perdón y me prometió que no volvería a pasar. Como es usual en estos casos, le creí, pensé que solo había sido esa vez porque “él no era así”. No le conté a nadie. Las mujeres que son maltratadas verbal y físicamente por su pareja no hablan porque sienten vergüenza. Hay una gran dependencia emocional de por medio. 

En otra ocasión, estábamos en una celebración del trabajo, haciendo fila para pedir un elote loco. A él lo desesperó el sol y comenzó a decirme que no era ningún acabado para echarse una gran cola por algo que él me podía comprar. Me dijo que nos fuéramos y, como yo quería quedarme con mis amigos, me tiró del brazo. Le tuve miedo, así que empecé a caminar con él. Empezamos a pelear y me obligó a subirme al carro. Ya en el camino, en el calor de la discusión, comenzó a cachetearme. 

Yo intenté tirarme del vehículo y no me dejó. Amenacé con llamar a la policía, pero la verdad es que no me atrevía. Decidí hacerlo y cuando por fin me entró la llamada al 911, colgué después de los tres tonos. Nuevamente lloró y pidió perdón. No recuerdo qué tanto decía, pero al final lograba manipularme. 

Lo dejé varias veces, pero siempre me convencía de volver. En una de esas veces, se enteró que yo tenía planeado un viaje a Colombia con unos amigos. Me confrontó en el trabajo y comenzó a cuestionarme, a gritos, que por qué iba a ir. Yo, del miedo, salí corriendo para el cubículo de una de mis compañeras. Él salió corriendo detrás de mí para golpearme, pero mi amiga lo detuvo. “¿Qué te pasa?”, le dijo. “A las mujeres no se les pega”. No recuerdo qué dijo o hizo él, pero se detuvo. 

Mi compañera expuso la situación, pero a él no le hicieron nada porque era “bueno en su trabajo”. No lo despidieron, solo hubo una sanción. Por supuesto dejé a un lado mi viaje a Colombia. 

Otro día estábamos solos en su casa y empezamos a pelear. El pan de cada día: empezó a gritarme y pronto a agredirme. Se paró y me empujó contra la ventana. Yo logré girarme y meter mis manos, pero los vidrios igual se quebraron. Salí huyendo de la habitación. Iba caminando en la calle viendo cómo goteaba la sangre de mi mano derecha. Ahí entré en pánico y, por primera vez, sentí que mi vida corría peligro. 

Una amiga y un amigo me llevaron a que me curaran. Solo me atreví a decirle la verdad a ella, no sin antes advertirle “no me vayás a pedir que lo deje, por favor entendeme, porque tengo miedo”. Ella no me juzgó. Todavía tengo esa cicatriz. Todavía lloro cuando la veo y escucho “La Bella y Bestia”, de Porta.

Todos los días de mi vida luchaba con mis ganas de arreglar las cosas porque “él podía cambiar”. Él lloraba, me traía flores, hacía de todo para que lo perdonara. Una vez llegó a decirme que había tenido un grave accidente y que tenía planes de dejar el país para siempre. Su insistencia era tanta, que al final sentía lástima. Y así es como muchas se quedan, no logran escapar.

En medio de las repetidas golpizas también habían infidelidades, que por supuesto no se comparan con la violencia física y psicológica. Días y noches enteras sin responder el teléfono. Yo llamando a su casa para saber cómo estaba y su familia sin noticias. Un primero de enero pasé la noche en vela porque él prometió que llegaría a verme. Nunca llegó y yo no paraba de llorar. Nunca me había dolido tanto el corazón. A la mañana siguiente supe que había pasado la noche con otra mujer. Me lo dijo claro, como si no le importara lastimarme. Agregó que yo era “el amor de su vida” y que ella solo era la aventura del rato.

Finalmente me atreví a dejarlo. No me pregunten por qué no lo hice antes, porque no tengo respuesta. Yo sentía que la única persona que me podía consolar era esa misma que me estaba haciendo tanto daño. A pesar de las advertencias de mi familia y amigos, no entendía que necesitaba ayuda psicológica. 

Un día me di cuenta de que él llegaba a espiarme en las noches a mi colonia. Se había convertido en “chero” de los vigilantes y ellos lo dejaban pasar. Ahí entendí que no estaba tratando con cualquier persona, que quizá estaba tratando con un controlador. Salía y entraba a mi casa con miedo. Me detenía en los semáforos y temía tenerlo a la par.

Quizá no le tenía tanto miedo a él como sí le tengo miedo a morir, porque siento que me falta demasiado en esta vida. Eso me hizo ser fuerte. Decir no, aunque quisiera decir sí. Yo elegí llorar sola y ya no con él, escogí bloquear sus llamadas y mensajes. No importaba cuántas veces llegara a buscarme, mi respuesta seguiría siendo no. Me lo debía a mí misma.

Recientemente una psicóloga me explicó sobre el ciclo de violencia. Me dijo que una víctima perdona a su victimario al menos siete veces antes de por fin poder salir de ese círculo tóxico. Me explicó la importancia de las redes de apoyo, de no quedarnos callados y no ser solo espectadores de la violencia.

Hablamos sobre la ruta para denunciar la violencia, que en este país no está definida, entonces no se sabe con certeza adónde acudir. Yo nunca me he animado a poner la denuncia, por miedo a que me haga algo peor, por miedo al “y por qué habla hasta ahora”, y porque la única prueba que tengo es la cicatriz que llevo en mi mano. Ese es también el motivo por el que no digo nombres.

Después de unos meses, alguien apareció en mi vida, esa persona me enseñó cómo era una relación de verdad, una relación sana, en la que reís más de lo que llorás, en la que no hay celos enfermizos ni faltas de respeto; de esas en las que te quieren bonito. Y aún así, habían días en los que me dolía el pecho por ver llorar a mi expareja cuando me lo encontraba en los pasillos del trabajo y me detenía para “platicar”. Todavía me daba pena contar todo lo que me había pasado. Y esto es solo un poco. 

Tiene que haber una forma de hacer entender a las niñas y mujeres que tienen que denunciar la violencia, que no deben sentir vergüenza, que no son ellas las que están mal, sino su pareja. Y tiene que haber una forma de hacer entender a la gente que rodea a quienes sufren abuso, que no deben juzgarlas cuando por fin se atreven a hablar. Que no deben llamarlas tontas por dejarse, sino ofrecerles ayuda.

Es tarea de todos nosotros aprender a ver en nuestras amigas señales como insultos, golpes que aparecen de la nada y respuestas extrañas al tratar de explicar qué les pasó. Sí alguien vive una situación similar, tiene que hablar con alguien, antes de que sea muy tarde. No es justo convertirnos en una estadística. No nos impactemos hasta que esto le pase a alguien que conocemos.

La alergia al glitter en la región más violenta

La ira de las militantes feministas mexicanas que rompieron las puertas de la Procuraduría General de Justicia en protesta por un caso de violación, donde los acusados son cuatro policías, recuerda a la ira de las sufragistas británicas de hace más de 100 años. Sí, más de 100 años tienen los grupos de activistas feministas tratando de llamar la atención de los tomadores de decisiones sobre diversos temas, más de 100 años de exigir, de hablar con palabra limpia, académica, teórica, legal, filosófica. De las exigencias han surgido logros, pero parece que la palabra amable y la alharaca no sirven para un cambio profundo y estructural en un mundo que se rige a través de la visión masculina, donde ante las estructuras ya establecidas con un historial de escenas bélicas; pedimos a veces tímidas y exigimos siempre con miedo. Ahí donde la palabra y la razón son ignoradas, ahí estalla la violencia. Pasa con toda causa, lo hemos visto a través de la historia. 

No quiero justificar el daño a la institución pública, ni el baño de glitter a un funcionario del gobierno mexicano, mi afán al escribir esto es más el de tratar de explicar el estallido de la ira de las mujeres. Y se me hace necesario por los comentarios en redes sociales donde algunos se escandalizan porque las mujeres protestan de manera violenta, entonces a mí me surge una pregunta: ¿por qué es más reprochable la manifestación violenta de un colectivo históricamente ignorado que la constante violación de derechos humanos por parte de los cuerpos de seguridad en Latinoamérica y el mundo? Porque los cuerpos de seguridad han sido y siguen siendo victimarios en gran parte del mundo y parece que a nadie le chirría tanto como el feminismo hoy en 2019. Antes de que alguien tenga chance de pensar que a los hombres también los violenta la policía, quiero decirles que sí, que me parece terrible y no tiene justificación, que quisiera ver que sus congéneres hagan protestas, les aseguro que les seguiremos con atención porque claro que nos importan los hombres jóvenes de nuestro país, “tenemos padres, hermanos y primos y les queremos mucho”. 

Regresando al asunto del glitter, en la cultura popular, el glitter se asocia con glamour, fantasía, noche, belleza, sensualidad, feminidad. Un baño de todo eso sobre un hombre, funcionario público, jefe de seguridad del Estado mexicano simbólicamente significa mucho. Este es un baño de empatía, unas ganas de decir: hey, entendé, sentí como nosotras, mirá a través del glitter. 

Y es que delegaciones policiales y los cuarteles militares han sido históricamente cuna del adoctrinamiento de una masculinidad tóxica y violenta. Siendo América Latina de una democracia joven y viniendo de regímenes militares donde matar era deber y violar recompensa, perpetuar estas prácticas machistas no es tan difícil para quienes realizan ese trabajo en tiempos de la democracia. Recientemente pude escuchar el testimonio de una víctima de guerra en la zona oriental de El Salvador que fue violada por cinco soldados a inicio de los 80, un caso terriblemente impune. De ahí venimos, esta ha sido nuestra historia. 

México y El Salvador comparten una triste historia de violencia institucional. En el caso de El Salvador, la Policía Nacional Civil y la Fuerza Armada son cada año señalados en la lista de denuncias que se reciben en la Procuraduría para la Defensa de Derechos Humanos. Son casos de violaciones de derechos humanos en los que las víctimas son hombres, mujeres, familias. Pero para mencionar casos específicos de violencia de género: en julio de este año salió a la luz el caso de una mujer trans identificada como Camila Díaz que fue arrestada y vapuleada por tres policías y encontrada con golpes severos en una carretera que conduce a Apopa. Camila falleció días después en un hospital. El mismo mes, los medios locales informaban sobre el caso de un policía salvadoreño que fue condenado a seis años de cárcel  por violar a una joven luego de darle persecución y botarla de su motocicleta para subirla a su carro y cometer el delito en una zona desolada de Santo Tomás. A principios de este año, Alma Ramos, la presidenta de la Asociación Liquidámbar me explicó en una entrevista cómo tres agentes policiales le ofrecieron un aventón para llevarla con engaños al cerro San Jacinto y ahí violarla cuando ella tenía 26 años. Yo misma recuerdo que cuando tenía 16 años una patrulla policial hizo un movimiento brusco hacia mi lado para decirme comentarios de índole sexual hasta llevarme al punto del pánico. ¿A cuántas tienen que matar y violar para que la indignación sea la misma que provocan las manifestaciones feministas?

La última vez que recuerdo que las mujeres salvadoreñas alzaron la voz ante la presencia policial por un caso de feminicidio fue el 28 de abril de 2018, cuando diversos grupos feministas hicieron una concentración en el monumento a La Constitución en protesta por los casos de feminicidio de ese año. Para entonces la policía Carla Ayala tenía 121 días desaparecida. Los reportes policiales aseguraban que un agente del Grupo de Reacción Policial la asesinó y que sus compañeros lo dejaron escapar. Ese mismo día, cuatro meses después del asesinato de Ayala, una patrulla se acercó al redondel donde las mujeres protestaban, ellas la vieron y los gritos estallaron, minutos después la patrulla abandonó la zona de la protesta. 

¿Que no todos los policías son iguales? Sí, yo sé que no todos son iguales. Sí, también he conocido policías buenos y creo que el Estado salvadoreño debe garantizar mejores condiciones de trabajo para los cuerpos de seguridad que arriesgan su vida por la labor que realizan. Pero ese no es el punto, el punto es que los violadores existen en los cuerpos de seguridad y es una contradicción ser el que cuida y el que viola al mismo tiempo. Es una contradicción que debería ser más escandalosa que un grupo de mujeres exigiendo justicia ante el Estado. Pero en esta generación hay una alergia atípica al glitter y la empatía escasea por donde se vea.

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