Ya no podemos seguir abrazadas al silencio

Por Rocío Juárez

Sonrisas nerviosas en el pasillo de judiciales, dos manos tratando de esquivar en vano el tocamiento del compañero para luego comenzar una plática como si nada hubiera sucedido. Eso es parte del cotidiano vivir que pasó y puede estarle sucediendo en este momento a una periodista, mientras avanza por “ganarse el derecho de piso” o porque su trabajo sea reconocido por la empresa donde se producen noticias.

Rocío Juárez, periodista independiente

Si cada voz afectada por un acoso sexual hablara, la Fiscalía General de la República tendría miles de historias sobre mujeres, víctimas de este mal que cada día cobra estabilidad emocional, física y mental, sumándose la pérdida de empleo, una buena dosis de señalamientos contra su dignidad, seguido de la revictimización, haya iniciado o no un proceso legal para exigir respeto a sus derechos como persona.

Que una colega inicie una investigación para luego exponer a la luz los casos de acoso sexual hacia otras periodistas, requiere de valor para ambas partes: quien entrevista y quienes son fuentes, aunque estén protegidas por el anonimato. Alguien debe hacer esta labor de denuncia y a la vez, orientar a más voces de mujeres para que no se dejen vencer por el temor hasta detener el abuso, señalar al victimario y exigir justicia. Una justicia que no esté subyugada por la cultura machista con todos sus derivados (prepotencia, supremacía del hombre sobre la mujer en cualquier ámbito de la sociedad, entre otros).

Para creerles no es necesario conocer la identidad de las víctimas ni los pormenores del acoso sexual o agresiones sexuales a las que estuvieron expuestas. Deberían bastarnos con sus testimonios y el de sus compañeros de trabajo. Identificarnos con el miedo que paraliza a las víctimas de acoso sexual debería bastar. Entender que en un intento desesperado por encontrar una salida, rompieron el silencio, debería bastarnos. Pero no, hacemos precisamente lo contrario: no queremos creerles y así le damos desesperanza a otras que están viviendo la misma situación. Las culpabilizamos a ellas y no al victimario, que como siempre es padre, esposo, familiar de alguien.

Yo sí les creo porque duele la impotencia de las víctimas por lo sucedido, de sufrir traumas por la rememoración de la experiencia en los procesos legales, donde oídos técnicos deben tomar nota para respaldar su caso ante el sistema judicial, de mejor tener memoria selectiva para continuar la carrera en otro medio de comunicación, de no quedar estigmatizada.

Es apremiante creerles porque las mujeres ya no podemos seguir abrazadas al silencio después de haber vivido cualquier situación de violencia contra nuestra dignidad, sea verbal, psicológica, emocional, mental y física. No podemos seguir escribiendo la historia con los paradigmas que ponen en riesgo la vida de la mujer, llámense religión que adormece exigiendo sumisión femenina ante “el varón”, llámense comportamientos familiares donde nos amoldan el carácter para ser serviciales y optar ser “objeto de” la pareja porque así lo dicta la tradición, llámense la cultura social, que obliga subliminal y abiertamente a que entre nosotras nos volvamos detractoras cuando una alza la voz, se defiende y grita: ¡No más!

Edición: Metzi Rosales Martel

Rocío Juárez es periodista, con especialidades en comunicación organizacional y periodismo digital. Como consultora en comunicaciones, su principal interés es promover la temática ambiental con enfoque de desarrollo sostenible, lo cual le ha permitido incursionar en organizaciones ambientales sin fines de lucro, promover buenas prácticas ambientales en agencias de publicidad y apoyar iniciativas de protección de vida silvestre como aves y tortugas marinas.

Ni poeta, ni ensayista ¡Sos un ciberacosador sexual!

Sé que te estás disculpando porque hoy nos tenés miedo, no porque estés arrepentido o deconstruido. Te estás disculpando porque ya crecimos y sabés que podemos contar lo que hiciste. Te estás disculpando porque tenés miedo de que tu nombre forme parte de una nueva lista, de que tu nombre de poeta ya no sea reconocido por la prosa de tu pluma, sino por la prosa de tu acoso. Te estás disculpando porque ahora ya sabemos que los textos de tus inbox tienen un nombre: acoso, ciberacoso y que es un delito contemplado en la legislación salvadoreña. 

Por Mónica Campos

Sucedió. Un viejo ciberacosador sexual me escribió para pedirme disculpas vía Twitter. Confieso que no me lo esperaba. Todo ocurrió por el 2016. Él, reconocido en el ámbito cultural por sus obras, me acosó a mí, y a otras colegas, la mayoría estudiantes de comunicaciones, todas jóvenes. Todas menores que él, con una diferencia de más de 10 años. 

Transcribo aquí el contenido de su mensaje, escrito el 11 de octubre de 2019:

“Hola, Mónica. Te escribo con todo el respeto debido. Quiero disculparme por las veces que en el pasado te haya hecho sentir incómoda o te haya dicho cosas fuera de lugar. Admito mi culpa. Sé que el machismo es estructural, tengo casi cuarenta años de vivirlo en carne propia en modos que yo no comprendía del todo. Eso no me justifica, pero permite entender que el cambio que esta sociedad requiere pasa también por el plano personal. Estoy luchando para cambiar y sanar. Espero no importunarte con este mensaje. Saludos.”

Entre la molestia y el desconcierto, pues estas son cosas de las que una no se quiere acordar, decidí desahogarme con una colega. Así me di cuenta de que a otra colega le había enviado el mismo mensaje. En la redacción del texto sólo cambiaba el nombre. Con mi compañera, a quien llamaré Fernanda, nos enojamos, nos reímos, nos indignamos y llegamos a ciertas conclusiones. Hicimos llamadas, chateamos con otras mujeres, quienes también habían recibido mensajes de contenido sexual de este hombre hace años, y descubrimos que solo se había disculpado con nosotras. La razón: el miedo. Déjenme explicarles por qué. 

Esa misma semana en un evento público, en un microsegundo y después de varios años de haber recibido sus mensajes incómodos, advertí la presencia del ciberacosador; y él, la mía. Realmente no le tomé importancia. Como ya expliqué esas son cosas que una prefiere olvidar, aunque sea imposible. 

Para describir un poco el contexto del evento: estábamos rodeados de periodistas, políticos, abogados y personas que dirigen y generan opinión pública. Mi colega y yo somos feministas. Nuestras publicaciones en redes sociales, que fue el medio utilizado por él para acosarnos, dan fe de esto. Intuyo que esa situación, y las recientes publicaciones en Twitter sobre agresores y acosadores sexuales, provocó que tres días después él nos escribiera para pedirnos disculpas. También porque ya no somos estudiantes de comunicaciones, somos mujeres periodistas y feministas que nos movemos en espacios donde él es reconocido. Somos mujeres que tenemos voz propia y que generamos contenidos en plataformas que buscan exponer temas de desigualdad: periodistas en los inicios de su carrera, pero periodistas al final. 

Esta es para mí la razón por la cual decidió exclusivamente disculparse con nosotras. Acto seguido, se dedicó a hacer un mea culpa desde su cuenta de Twitter. Como era de esperarse, lo que no ha publicado es que se dedicó por años a acosar mujeres jóvenes, e incluso menores de edad, por medio de internet. Solo acepta haber “normalizado el irrespeto y el acoso con” su “cultura de macho”. Dice que debe intentar sanar. Y que el patriarcado es un sistema opresor del cual él era parte y bla, bla, bla. Miedo. Además, se ha dedicado a retuitear a activistas feministas salvadoreñas… de un día para otro se ha convertido en un aliado feminista.

Cuentos eróticos, como herramienta para el ciberacoso

La primera vez que escuché sobre él, yo era estudiante de comunicaciones y trabajaba por horas sociales como asistente de investigación para un proyecto de la universidad. Una compañera me contó que un hombre le escribía para compartirle sus cuentos eróticos. Esa era la treta que usaba para después hacerle preguntas fuera de lugar. Esto de alguna manera la molestaba e incomodaba. Ambas pensamos que era raro y lo dejamos hasta ahí. Meses después, recibí exactamente el mismo tipo de mensajes de un hombre, quien además era un funcionario público. Era el mismo ciberacosador. Estamos hablando de allá por 2016.

Ese mismo año, el cuatro de febrero, la Asamblea Legislativa aprobó La Ley Especial de Delitos Informáticos y Conexos. Esta busca proteger los siguientes bienes jurídicos: “La información que garantice y proteja el ejercicio de derechos, fundamentales como la intimidad, honor, integridad sexual, propiedad, propiedad intelectual, seguridad pública, entre otros”.

En el Capítulo III de la ley: “Delitos relacionados con el contenido de los datos”, se lee: 

Acoso a través de Tecnologías de la Información y la Comunicación

Art. 27.- El que realice conducta sexual indeseada por quien la recibe, que implique frases, señas otra conducta inequívoca de naturaleza o contenido sexual, por medio del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, será sancionado con prisión de cuatro a seis años”.

Sin embargo, el acoso sexual es un delito desde 1998, cuando entraron en vigencia los nuevos Código Penal y Procesal Penal. El artículo 165 lo tipifica y la condena es de tres a cinco años. Si el acoso es cometido contra menores de edad, la pena es de cuatro a ocho años de cárcel. Pues bien, mi ciberacosador, el ciberacosador de mis colegas y amigas, el poeta y ensayista ha infringido ambas leyes.

A Fernanda, la acosó cuando era menor de edad. A ella le molestaba recibir sus mensajes. Pensó que el acoso sexual se detendría si ella dejaba de frecuentar los espacios y talleres literarios donde ambos coincidían. Y lo bloqueó de sus redes sociales. Así, Fernanda renunció a sus espacios y a formarse en la literatura. Todo para encontrar paz, respeto y tranquilidad.

¿Qué teníamos Fernanda y yo en común a parte del mismo acosador sexual? Enfado, impotencia, incomodidad, frustración y falta de información. No entendíamos el acoso como tal y mucho menos sabíamos de la Ley de Delitos Informáticos ni del Código Penal. Al final, ambas lo bloqueamos de Facebook con tal de detener sus mensajes. Y él terminó cerrando su cuenta en esta red social, no así en Twitter.

En el caso de Fernanda, cometió un delito más grave porque ella era menor de edad cuando la acosó. Esto de acuerdo con el Capítulo IV de la citada ley contra delitos informáticos: 

Acoso a Niñas, Niños y Adolescentes o Personas con Discapacidad a través del Uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación 

Art. 32.- Quien atormente, hostigue, humille, insulte, denigre u otro tipo de conducta que afecte el normal desarrollo de la personalidad, amenace la estabilidad psicológica o emocional, ponga en riesgo la vida o la seguridad física, de un niño, niña, adolescente o persona con discapacidad, por medio del uso de las Tecnologías de la Información o Comunicación, será sancionado con prisión de dos a cuatro años. La pena se agravará con prisión de cuatro a ocho años, para quien realice conducta que implique frases, señas u otra acción inequívoca de naturaleza o contenido sexual contra una niña, niño, adolescente o persona con discapacidad, por medio del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación.

Entonces, exciberacosador sexual, no nos debés una disculpa. Nos debés un par de años de prisión. Lo mínimo sería que, con tu prosa, redactés una disculpa pública dirigida a todas las personas que has acosado sexualmente. No esos tuits ambiguos ni esos mensajes privados en los que solo cambiás el nombre de tus acosadas. Y déjame aclararte algo, la deconstrucción, esa tu lucha por cambiar y sanar no es válida si solo te disculpás con mujeres que tienen roles específicos en la sociedad, con mujeres periodistas que trabajan en medios de comunicación. Eso no es ganas de cambiar, es conveniencia. 

Un lugar común llamado acoso

Mientras me debatía entre escribir o no sobre esto, me encontré con un post de Claudia Alvarado, una excompañera de la universidad y comunicadora social. Claudia exponía indignada a un ciberacosador sexual. Entonces me pregunté: ¿Cuáles son las probabilidades de que yo, una persona que sufrió ciberacoso, encuentre ese mismo instante la publicación de denuncia de otra mujer con el mismo problema? Pues parece que somos muchas. Y es que el acoso cibernético o acoso online es un mecanismo que utilizan los hombres que aprovechan el carácter impersonal de Internet para aproximarse a las víctimas.

El acoso por Internet tiene como antecesor al acoso sexual offline, ese que se da en la casa, en el trabajo o en espacios públicos. Solo de enero a septiembre de 2019, la Policía Nacional Civil recibió 612 denuncias de acoso sexual: 562 corresponden a mujeres que han sido acosadas sexualmente. Es decir, nueve de cada 10 víctimas de acoso fueron mujeres. En las siguientes infografías, la periodista Metzi Rosales Martel, presenta estos datos que fueron publicados en las redes sociales de Temporada de Leonas, y que actualizó para que yo los comparta en este texto:

Después de leer el post de Claudia, le pregunté si sabía que podía acudir a la Fiscalía General de la República y su respuesta fue no. Juntas llegamos a la conclusión de que el desconocimiento es un arma para estos hombres. 

Claudia decidió denunciar públicamente a su acosador. En su cuenta de Facebook escribió: “Dudé muchísimo antes de escribir esto, quizás porque sentí que no tiene ningún caso. En parte es porque estoy molesta porque no reaccioné como debía o como quería ante esta situación, eso me hizo sentir muy culpable”.

Para ilustrar mejor la situación, Claudia adjuntó capturas de pantalla de los mensajes que le envió el sujeto. 

Le conté a Claudia lo que este ciberacosador sexual tenía en común con el mío y el de Fernanda y su respuesta fue abrumadora. Hace años, cuando ella cursaba la materia de Periodismo II, entrevistó a nuestro exciberacosador para un reportaje sobre escritores que tuvieran otros trabajos para poder costear su carrera. Tiempo después, él comenzó a acosarla. “Yo lo bloquee. Hubo días en que me escribía que quería verme. Qué horrible, hasta tenía su método. No sé por qué uno siente que una es la del problema, que una exageró, que solo es un man loco y que se le va a pasar”,  me explicó.

Claudia concluyó su post invitando a romper el silencio. “Denuncien el acoso, sea online o offline pero no callen, ellos hacen estas cosas porque creen que no pasará nada, que podrán regresar a las sombras y no pasará nada. Ahora más que nunca necesitamos el feminismo, necesitamos que la gente entienda que no es no y que no pueden abordar a otras personas que no conocen de esta forma porque no es romántico ni lindo ni nada. ES ACOSO.”

Un día después de que ella hiciera públicas las capturas de pantalla, cuatro personas allegadas al dueño del perfil, le escribieron pidiéndole que eliminara la publicación. Aseguraban que a su familiar y amigo le habían “hackeado” su cuenta de Facebook. La presión por parte de estas personas, la hizo ocultar la publicación. Como no hay forma de comprobar si estas explicaciones son ciertas, sabe que es su palabra contra la red de apoyo de este sujeto.

Yo también dudé al escribir esta entrada en mi blog, porque la crítica y los señalamientos nunca dejan de dar miedo. Aunque el texto de sus disculpas constituye una prueba, él puede intentar minimizar el ciberacoso sexual que me hizo a mí y a mis colegas. Debo reconocer que no hago público su nombre por esta razón. Por eso, las palabras de Metzi cuando le comenté mi experiencia, la de Fernanda y Claudia, me hicieron mella: “Para estos casos es curioso cómo la presunción de inocencia juega a favor de ellos. Las acosadas tenemos que demostrar que nos acosaron, las violadas tenemos que demostrar que nos violaron”. Sin embargo, estoy consciente de que es hora de romper el silencio para prevenir que otras personas pasen por lo mismo y para que quienes han experimentado cualquier tipo de acoso sepan que es un delito y pueden denunciarlo en la policía o en la fiscalía. No somos las primeras en despertar y sé que no seremos las últimas. 

Y para vos, no acepto tus disculpas porque no me parecen sinceras. No le hacés honor a tu profesión. Ocupar el arte, en este caso la palabra escrita, para ciberacosar sexualmente, te aleja de la naturaleza de tu profesión. No eres una persona humilde ni afable. Y tu pluma no solo nos ha lastimado, nos ha ofendido, nos ha irrespetado y la has usado como arma para cometer el mismo delito con distintas jovencitas.

Edición: Metzi Rosales Martel

Tiempos violentos para el amor: cómo salir de una relación abusiva

Por: B. M.

Dicen que llega un momento en que por fin una está lista para hablar. Hoy quiero contar mi historia, quiero contar cómo por fin salí de un ciclo de violencia que me mantuvo atada a un hombre por casi tres años, sin escuchar a nadie.

A él lo vamos a llamar Eduardo. Eduardo era un hombre muy sociable, no mostraba mayores señales de ser un agresor y me trataba muy bien al inicio de la relación. Hacía cosas extrañas que yo en ese momento no comprendía. Por ejemplo, me obligaba a ir al cine en tacones y me decía que yo no tenía “estética” para pintarme las uñas, que todos manchados me quedaban los dedos. Que, a diferencia de mí, su ex novia siempre andaba arreglada. Con ella siempre conversaba y se veía a escondidas. Con ella y con otras mujeres de las que me enteré hasta mucho tiempo después. 

La primera vez que me insultó, íbamos en el carro. Me dijo “pendeja”. Pensé que quizá yo lo había hecho enojar demasiado. Me pidió disculpas y lo solucionamos. Unas semanas después, siempre en el carro, él recibió una llamada. Yo llevaba su teléfono porque él iba manejando. Vi que era su ex. Cuando indignada le informé quien era, comenzó a golpearme en la cara para quitarme el celular y me empujó contra la ventana. Yo, atónita, empecé a llorar. 

Al parquearnos, él comenzó a llorar también. Me pidió perdón y me prometió que no volvería a pasar. Como es usual en estos casos, le creí, pensé que solo había sido esa vez porque “él no era así”. No le conté a nadie. Las mujeres que son maltratadas verbal y físicamente por su pareja no hablan porque sienten vergüenza. Hay una gran dependencia emocional de por medio. 

En otra ocasión, estábamos en una celebración del trabajo, haciendo fila para pedir un elote loco. A él lo desesperó el sol y comenzó a decirme que no era ningún acabado para echarse una gran cola por algo que él me podía comprar. Me dijo que nos fuéramos y, como yo quería quedarme con mis amigos, me tiró del brazo. Le tuve miedo, así que empecé a caminar con él. Empezamos a pelear y me obligó a subirme al carro. Ya en el camino, en el calor de la discusión, comenzó a cachetearme. 

Yo intenté tirarme del vehículo y no me dejó. Amenacé con llamar a la policía, pero la verdad es que no me atrevía. Decidí hacerlo y cuando por fin me entró la llamada al 911, colgué después de los tres tonos. Nuevamente lloró y pidió perdón. No recuerdo qué tanto decía, pero al final lograba manipularme. 

Lo dejé varias veces, pero siempre me convencía de volver. En una de esas veces, se enteró que yo tenía planeado un viaje a Colombia con unos amigos. Me confrontó en el trabajo y comenzó a cuestionarme, a gritos, que por qué iba a ir. Yo, del miedo, salí corriendo para el cubículo de una de mis compañeras. Él salió corriendo detrás de mí para golpearme, pero mi amiga lo detuvo. “¿Qué te pasa?”, le dijo. “A las mujeres no se les pega”. No recuerdo qué dijo o hizo él, pero se detuvo. 

Mi compañera expuso la situación, pero a él no le hicieron nada porque era “bueno en su trabajo”. No lo despidieron, solo hubo una sanción. Por supuesto dejé a un lado mi viaje a Colombia. 

Otro día estábamos solos en su casa y empezamos a pelear. El pan de cada día: empezó a gritarme y pronto a agredirme. Se paró y me empujó contra la ventana. Yo logré girarme y meter mis manos, pero los vidrios igual se quebraron. Salí huyendo de la habitación. Iba caminando en la calle viendo cómo goteaba la sangre de mi mano derecha. Ahí entré en pánico y, por primera vez, sentí que mi vida corría peligro. 

Una amiga y un amigo me llevaron a que me curaran. Solo me atreví a decirle la verdad a ella, no sin antes advertirle “no me vayás a pedir que lo deje, por favor entendeme, porque tengo miedo”. Ella no me juzgó. Todavía tengo esa cicatriz. Todavía lloro cuando la veo y escucho “La Bella y Bestia”, de Porta.

Todos los días de mi vida luchaba con mis ganas de arreglar las cosas porque “él podía cambiar”. Él lloraba, me traía flores, hacía de todo para que lo perdonara. Una vez llegó a decirme que había tenido un grave accidente y que tenía planes de dejar el país para siempre. Su insistencia era tanta, que al final sentía lástima. Y así es como muchas se quedan, no logran escapar.

En medio de las repetidas golpizas también habían infidelidades, que por supuesto no se comparan con la violencia física y psicológica. Días y noches enteras sin responder el teléfono. Yo llamando a su casa para saber cómo estaba y su familia sin noticias. Un primero de enero pasé la noche en vela porque él prometió que llegaría a verme. Nunca llegó y yo no paraba de llorar. Nunca me había dolido tanto el corazón. A la mañana siguiente supe que había pasado la noche con otra mujer. Me lo dijo claro, como si no le importara lastimarme. Agregó que yo era “el amor de su vida” y que ella solo era la aventura del rato.

Finalmente me atreví a dejarlo. No me pregunten por qué no lo hice antes, porque no tengo respuesta. Yo sentía que la única persona que me podía consolar era esa misma que me estaba haciendo tanto daño. A pesar de las advertencias de mi familia y amigos, no entendía que necesitaba ayuda psicológica. 

Un día me di cuenta de que él llegaba a espiarme en las noches a mi colonia. Se había convertido en “chero” de los vigilantes y ellos lo dejaban pasar. Ahí entendí que no estaba tratando con cualquier persona, que quizá estaba tratando con un controlador. Salía y entraba a mi casa con miedo. Me detenía en los semáforos y temía tenerlo a la par.

Quizá no le tenía tanto miedo a él como sí le tengo miedo a morir, porque siento que me falta demasiado en esta vida. Eso me hizo ser fuerte. Decir no, aunque quisiera decir sí. Yo elegí llorar sola y ya no con él, escogí bloquear sus llamadas y mensajes. No importaba cuántas veces llegara a buscarme, mi respuesta seguiría siendo no. Me lo debía a mí misma.

Recientemente una psicóloga me explicó sobre el ciclo de violencia. Me dijo que una víctima perdona a su victimario al menos siete veces antes de por fin poder salir de ese círculo tóxico. Me explicó la importancia de las redes de apoyo, de no quedarnos callados y no ser solo espectadores de la violencia.

Hablamos sobre la ruta para denunciar la violencia, que en este país no está definida, entonces no se sabe con certeza adónde acudir. Yo nunca me he animado a poner la denuncia, por miedo a que me haga algo peor, por miedo al “y por qué habla hasta ahora”, y porque la única prueba que tengo es la cicatriz que llevo en mi mano. Ese es también el motivo por el que no digo nombres.

Después de unos meses, alguien apareció en mi vida, esa persona me enseñó cómo era una relación de verdad, una relación sana, en la que reís más de lo que llorás, en la que no hay celos enfermizos ni faltas de respeto; de esas en las que te quieren bonito. Y aún así, habían días en los que me dolía el pecho por ver llorar a mi expareja cuando me lo encontraba en los pasillos del trabajo y me detenía para “platicar”. Todavía me daba pena contar todo lo que me había pasado. Y esto es solo un poco. 

Tiene que haber una forma de hacer entender a las niñas y mujeres que tienen que denunciar la violencia, que no deben sentir vergüenza, que no son ellas las que están mal, sino su pareja. Y tiene que haber una forma de hacer entender a la gente que rodea a quienes sufren abuso, que no deben juzgarlas cuando por fin se atreven a hablar. Que no deben llamarlas tontas por dejarse, sino ofrecerles ayuda.

Es tarea de todos nosotros aprender a ver en nuestras amigas señales como insultos, golpes que aparecen de la nada y respuestas extrañas al tratar de explicar qué les pasó. Sí alguien vive una situación similar, tiene que hablar con alguien, antes de que sea muy tarde. No es justo convertirnos en una estadística. No nos impactemos hasta que esto le pase a alguien que conocemos.

La alergia al glitter en la región más violenta

La ira de las militantes feministas mexicanas que rompieron las puertas de la Procuraduría General de Justicia en protesta por un caso de violación, donde los acusados son cuatro policías, recuerda a la ira de las sufragistas británicas de hace más de 100 años. Sí, más de 100 años tienen los grupos de activistas feministas tratando de llamar la atención de los tomadores de decisiones sobre diversos temas, más de 100 años de exigir, de hablar con palabra limpia, académica, teórica, legal, filosófica. De las exigencias han surgido logros, pero parece que la palabra amable y la alharaca no sirven para un cambio profundo y estructural en un mundo que se rige a través de la visión masculina, donde ante las estructuras ya establecidas con un historial de escenas bélicas; pedimos a veces tímidas y exigimos siempre con miedo. Ahí donde la palabra y la razón son ignoradas, ahí estalla la violencia. Pasa con toda causa, lo hemos visto a través de la historia. 

No quiero justificar el daño a la institución pública, ni el baño de glitter a un funcionario del gobierno mexicano, mi afán al escribir esto es más el de tratar de explicar el estallido de la ira de las mujeres. Y se me hace necesario por los comentarios en redes sociales donde algunos se escandalizan porque las mujeres protestan de manera violenta, entonces a mí me surge una pregunta: ¿por qué es más reprochable la manifestación violenta de un colectivo históricamente ignorado que la constante violación de derechos humanos por parte de los cuerpos de seguridad en Latinoamérica y el mundo? Porque los cuerpos de seguridad han sido y siguen siendo victimarios en gran parte del mundo y parece que a nadie le chirría tanto como el feminismo hoy en 2019. Antes de que alguien tenga chance de pensar que a los hombres también los violenta la policía, quiero decirles que sí, que me parece terrible y no tiene justificación, que quisiera ver que sus congéneres hagan protestas, les aseguro que les seguiremos con atención porque claro que nos importan los hombres jóvenes de nuestro país, “tenemos padres, hermanos y primos y les queremos mucho”. 

Regresando al asunto del glitter, en la cultura popular, el glitter se asocia con glamour, fantasía, noche, belleza, sensualidad, feminidad. Un baño de todo eso sobre un hombre, funcionario público, jefe de seguridad del Estado mexicano simbólicamente significa mucho. Este es un baño de empatía, unas ganas de decir: hey, entendé, sentí como nosotras, mirá a través del glitter. 

Y es que delegaciones policiales y los cuarteles militares han sido históricamente cuna del adoctrinamiento de una masculinidad tóxica y violenta. Siendo América Latina de una democracia joven y viniendo de regímenes militares donde matar era deber y violar recompensa, perpetuar estas prácticas machistas no es tan difícil para quienes realizan ese trabajo en tiempos de la democracia. Recientemente pude escuchar el testimonio de una víctima de guerra en la zona oriental de El Salvador que fue violada por cinco soldados a inicio de los 80, un caso terriblemente impune. De ahí venimos, esta ha sido nuestra historia. 

México y El Salvador comparten una triste historia de violencia institucional. En el caso de El Salvador, la Policía Nacional Civil y la Fuerza Armada son cada año señalados en la lista de denuncias que se reciben en la Procuraduría para la Defensa de Derechos Humanos. Son casos de violaciones de derechos humanos en los que las víctimas son hombres, mujeres, familias. Pero para mencionar casos específicos de violencia de género: en julio de este año salió a la luz el caso de una mujer trans identificada como Camila Díaz que fue arrestada y vapuleada por tres policías y encontrada con golpes severos en una carretera que conduce a Apopa. Camila falleció días después en un hospital. El mismo mes, los medios locales informaban sobre el caso de un policía salvadoreño que fue condenado a seis años de cárcel  por violar a una joven luego de darle persecución y botarla de su motocicleta para subirla a su carro y cometer el delito en una zona desolada de Santo Tomás. A principios de este año, Alma Ramos, la presidenta de la Asociación Liquidámbar me explicó en una entrevista cómo tres agentes policiales le ofrecieron un aventón para llevarla con engaños al cerro San Jacinto y ahí violarla cuando ella tenía 26 años. Yo misma recuerdo que cuando tenía 16 años una patrulla policial hizo un movimiento brusco hacia mi lado para decirme comentarios de índole sexual hasta llevarme al punto del pánico. ¿A cuántas tienen que matar y violar para que la indignación sea la misma que provocan las manifestaciones feministas?

La última vez que recuerdo que las mujeres salvadoreñas alzaron la voz ante la presencia policial por un caso de feminicidio fue el 28 de abril de 2018, cuando diversos grupos feministas hicieron una concentración en el monumento a La Constitución en protesta por los casos de feminicidio de ese año. Para entonces la policía Carla Ayala tenía 121 días desaparecida. Los reportes policiales aseguraban que un agente del Grupo de Reacción Policial la asesinó y que sus compañeros lo dejaron escapar. Ese mismo día, cuatro meses después del asesinato de Ayala, una patrulla se acercó al redondel donde las mujeres protestaban, ellas la vieron y los gritos estallaron, minutos después la patrulla abandonó la zona de la protesta. 

¿Que no todos los policías son iguales? Sí, yo sé que no todos son iguales. Sí, también he conocido policías buenos y creo que el Estado salvadoreño debe garantizar mejores condiciones de trabajo para los cuerpos de seguridad que arriesgan su vida por la labor que realizan. Pero ese no es el punto, el punto es que los violadores existen en los cuerpos de seguridad y es una contradicción ser el que cuida y el que viola al mismo tiempo. Es una contradicción que debería ser más escandalosa que un grupo de mujeres exigiendo justicia ante el Estado. Pero en esta generación hay una alergia atípica al glitter y la empatía escasea por donde se vea.

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