Tiempos violentos para el amor: cómo salir de una relación abusiva

Por: B. M.

Dicen que llega un momento en que por fin una está lista para hablar. Hoy quiero contar mi historia, quiero contar cómo por fin salí de un ciclo de violencia que me mantuvo atada a un hombre por casi tres años, sin escuchar a nadie.

A él lo vamos a llamar Eduardo. Eduardo era un hombre muy sociable, no mostraba mayores señales de ser un agresor y me trataba muy bien al inicio de la relación. Hacía cosas extrañas que yo en ese momento no comprendía. Por ejemplo, me obligaba a ir al cine en tacones y me decía que yo no tenía “estética” para pintarme las uñas, que todos manchados me quedaban los dedos. Que, a diferencia de mí, su ex novia siempre andaba arreglada. Con ella siempre conversaba y se veía a escondidas. Con ella y con otras mujeres de las que me enteré hasta mucho tiempo después. 

La primera vez que me insultó, íbamos en el carro. Me dijo “pendeja”. Pensé que quizá yo lo había hecho enojar demasiado. Me pidió disculpas y lo solucionamos. Unas semanas después, siempre en el carro, él recibió una llamada. Yo llevaba su teléfono porque él iba manejando. Vi que era su ex. Cuando indignada le informé quien era, comenzó a golpearme en la cara para quitarme el celular y me empujó contra la ventana. Yo, atónita, empecé a llorar. 

Al parquearnos, él comenzó a llorar también. Me pidió perdón y me prometió que no volvería a pasar. Como es usual en estos casos, le creí, pensé que solo había sido esa vez porque “él no era así”. No le conté a nadie. Las mujeres que son maltratadas verbal y físicamente por su pareja no hablan porque sienten vergüenza. Hay una gran dependencia emocional de por medio. 

En otra ocasión, estábamos en una celebración del trabajo, haciendo fila para pedir un elote loco. A él lo desesperó el sol y comenzó a decirme que no era ningún acabado para echarse una gran cola por algo que él me podía comprar. Me dijo que nos fuéramos y, como yo quería quedarme con mis amigos, me tiró del brazo. Le tuve miedo, así que empecé a caminar con él. Empezamos a pelear y me obligó a subirme al carro. Ya en el camino, en el calor de la discusión, comenzó a cachetearme. 

Yo intenté tirarme del vehículo y no me dejó. Amenacé con llamar a la policía, pero la verdad es que no me atrevía. Decidí hacerlo y cuando por fin me entró la llamada al 911, colgué después de los tres tonos. Nuevamente lloró y pidió perdón. No recuerdo qué tanto decía, pero al final lograba manipularme. 

Lo dejé varias veces, pero siempre me convencía de volver. En una de esas veces, se enteró que yo tenía planeado un viaje a Colombia con unos amigos. Me confrontó en el trabajo y comenzó a cuestionarme, a gritos, que por qué iba a ir. Yo, del miedo, salí corriendo para el cubículo de una de mis compañeras. Él salió corriendo detrás de mí para golpearme, pero mi amiga lo detuvo. “¿Qué te pasa?”, le dijo. “A las mujeres no se les pega”. No recuerdo qué dijo o hizo él, pero se detuvo. 

Mi compañera expuso la situación, pero a él no le hicieron nada porque era “bueno en su trabajo”. No lo despidieron, solo hubo una sanción. Por supuesto dejé a un lado mi viaje a Colombia. 

Otro día estábamos solos en su casa y empezamos a pelear. El pan de cada día: empezó a gritarme y pronto a agredirme. Se paró y me empujó contra la ventana. Yo logré girarme y meter mis manos, pero los vidrios igual se quebraron. Salí huyendo de la habitación. Iba caminando en la calle viendo cómo goteaba la sangre de mi mano derecha. Ahí entré en pánico y, por primera vez, sentí que mi vida corría peligro. 

Una amiga y un amigo me llevaron a que me curaran. Solo me atreví a decirle la verdad a ella, no sin antes advertirle “no me vayás a pedir que lo deje, por favor entendeme, porque tengo miedo”. Ella no me juzgó. Todavía tengo esa cicatriz. Todavía lloro cuando la veo y escucho “La Bella y Bestia”, de Porta.

Todos los días de mi vida luchaba con mis ganas de arreglar las cosas porque “él podía cambiar”. Él lloraba, me traía flores, hacía de todo para que lo perdonara. Una vez llegó a decirme que había tenido un grave accidente y que tenía planes de dejar el país para siempre. Su insistencia era tanta, que al final sentía lástima. Y así es como muchas se quedan, no logran escapar.

En medio de las repetidas golpizas también habían infidelidades, que por supuesto no se comparan con la violencia física y psicológica. Días y noches enteras sin responder el teléfono. Yo llamando a su casa para saber cómo estaba y su familia sin noticias. Un primero de enero pasé la noche en vela porque él prometió que llegaría a verme. Nunca llegó y yo no paraba de llorar. Nunca me había dolido tanto el corazón. A la mañana siguiente supe que había pasado la noche con otra mujer. Me lo dijo claro, como si no le importara lastimarme. Agregó que yo era “el amor de su vida” y que ella solo era la aventura del rato.

Finalmente me atreví a dejarlo. No me pregunten por qué no lo hice antes, porque no tengo respuesta. Yo sentía que la única persona que me podía consolar era esa misma que me estaba haciendo tanto daño. A pesar de las advertencias de mi familia y amigos, no entendía que necesitaba ayuda psicológica. 

Un día me di cuenta de que él llegaba a espiarme en las noches a mi colonia. Se había convertido en “chero” de los vigilantes y ellos lo dejaban pasar. Ahí entendí que no estaba tratando con cualquier persona, que quizá estaba tratando con un controlador. Salía y entraba a mi casa con miedo. Me detenía en los semáforos y temía tenerlo a la par.

Quizá no le tenía tanto miedo a él como sí le tengo miedo a morir, porque siento que me falta demasiado en esta vida. Eso me hizo ser fuerte. Decir no, aunque quisiera decir sí. Yo elegí llorar sola y ya no con él, escogí bloquear sus llamadas y mensajes. No importaba cuántas veces llegara a buscarme, mi respuesta seguiría siendo no. Me lo debía a mí misma.

Recientemente una psicóloga me explicó sobre el ciclo de violencia. Me dijo que una víctima perdona a su victimario al menos siete veces antes de por fin poder salir de ese círculo tóxico. Me explicó la importancia de las redes de apoyo, de no quedarnos callados y no ser solo espectadores de la violencia.

Hablamos sobre la ruta para denunciar la violencia, que en este país no está definida, entonces no se sabe con certeza adónde acudir. Yo nunca me he animado a poner la denuncia, por miedo a que me haga algo peor, por miedo al “y por qué habla hasta ahora”, y porque la única prueba que tengo es la cicatriz que llevo en mi mano. Ese es también el motivo por el que no digo nombres.

Después de unos meses, alguien apareció en mi vida, esa persona me enseñó cómo era una relación de verdad, una relación sana, en la que reís más de lo que llorás, en la que no hay celos enfermizos ni faltas de respeto; de esas en las que te quieren bonito. Y aún así, habían días en los que me dolía el pecho por ver llorar a mi expareja cuando me lo encontraba en los pasillos del trabajo y me detenía para “platicar”. Todavía me daba pena contar todo lo que me había pasado. Y esto es solo un poco. 

Tiene que haber una forma de hacer entender a las niñas y mujeres que tienen que denunciar la violencia, que no deben sentir vergüenza, que no son ellas las que están mal, sino su pareja. Y tiene que haber una forma de hacer entender a la gente que rodea a quienes sufren abuso, que no deben juzgarlas cuando por fin se atreven a hablar. Que no deben llamarlas tontas por dejarse, sino ofrecerles ayuda.

Es tarea de todos nosotros aprender a ver en nuestras amigas señales como insultos, golpes que aparecen de la nada y respuestas extrañas al tratar de explicar qué les pasó. Sí alguien vive una situación similar, tiene que hablar con alguien, antes de que sea muy tarde. No es justo convertirnos en una estadística. No nos impactemos hasta que esto le pase a alguien que conocemos.

Publicado por monicamps

Periodista, videógrafa y feminista salvadoreña.

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