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La alergia al glitter en la región más violenta

La ira de las militantes feministas mexicanas que rompieron las puertas de la Procuraduría General de Justicia en protesta por un caso de violación, donde los acusados son cuatro policías, recuerda a la ira de las sufragistas británicas de hace más de 100 años. Sí, más de 100 años tienen los grupos de activistas feministas tratando de llamar la atención de los tomadores de decisiones sobre diversos temas, más de 100 años de exigir, de hablar con palabra limpia, académica, teórica, legal, filosófica. De las exigencias han surgido logros, pero parece que la palabra amable y la alharaca no sirven para un cambio profundo y estructural en un mundo que se rige a través de la visión masculina, donde ante las estructuras ya establecidas con un historial de escenas bélicas; pedimos a veces tímidas y exigimos siempre con miedo. Ahí donde la palabra y la razón son ignoradas, ahí estalla la violencia. Pasa con toda causa, lo hemos visto a través de la historia. 

No quiero justificar el daño a la institución pública, ni el baño de glitter a un funcionario del gobierno mexicano, mi afán al escribir esto es más el de tratar de explicar el estallido de la ira de las mujeres. Y se me hace necesario por los comentarios en redes sociales donde algunos se escandalizan porque las mujeres protestan de manera violenta, entonces a mí me surge una pregunta: ¿por qué es más reprochable la manifestación violenta de un colectivo históricamente ignorado que la constante violación de derechos humanos por parte de los cuerpos de seguridad en Latinoamérica y el mundo? Porque los cuerpos de seguridad han sido y siguen siendo victimarios en gran parte del mundo y parece que a nadie le chirría tanto como el feminismo hoy en 2019. Antes de que alguien tenga chance de pensar que a los hombres también los violenta la policía, quiero decirles que sí, que me parece terrible y no tiene justificación, que quisiera ver que sus congéneres hagan protestas, les aseguro que les seguiremos con atención porque claro que nos importan los hombres jóvenes de nuestro país, “tenemos padres, hermanos y primos y les queremos mucho”. 

Regresando al asunto del glitter, en la cultura popular, el glitter se asocia con glamour, fantasía, noche, belleza, sensualidad, feminidad. Un baño de todo eso sobre un hombre, funcionario público, jefe de seguridad del Estado mexicano simbólicamente significa mucho. Este es un baño de empatía, unas ganas de decir: hey, entendé, sentí como nosotras, mirá a través del glitter. 

Y es que delegaciones policiales y los cuarteles militares han sido históricamente cuna del adoctrinamiento de una masculinidad tóxica y violenta. Siendo América Latina de una democracia joven y viniendo de regímenes militares donde matar era deber y violar recompensa, perpetuar estas prácticas machistas no es tan difícil para quienes realizan ese trabajo en tiempos de la democracia. Recientemente pude escuchar el testimonio de una víctima de guerra en la zona oriental de El Salvador que fue violada por cinco soldados a inicio de los 80, un caso terriblemente impune. De ahí venimos, esta ha sido nuestra historia. 

México y El Salvador comparten una triste historia de violencia institucional. En el caso de El Salvador, la Policía Nacional Civil y la Fuerza Armada son cada año señalados en la lista de denuncias que se reciben en la Procuraduría para la Defensa de Derechos Humanos. Son casos de violaciones de derechos humanos en los que las víctimas son hombres, mujeres, familias. Pero para mencionar casos específicos de violencia de género: en julio de este año salió a la luz el caso de una mujer trans identificada como Camila Díaz que fue arrestada y vapuleada por tres policías y encontrada con golpes severos en una carretera que conduce a Apopa. Camila falleció días después en un hospital. El mismo mes, los medios locales informaban sobre el caso de un policía salvadoreño que fue condenado a seis años de cárcel  por violar a una joven luego de darle persecución y botarla de su motocicleta para subirla a su carro y cometer el delito en una zona desolada de Santo Tomás. A principios de este año, Alma Ramos, la presidenta de la Asociación Liquidámbar me explicó en una entrevista cómo tres agentes policiales le ofrecieron un aventón para llevarla con engaños al cerro San Jacinto y ahí violarla cuando ella tenía 26 años. Yo misma recuerdo que cuando tenía 16 años una patrulla policial hizo un movimiento brusco hacia mi lado para decirme comentarios de índole sexual hasta llevarme al punto del pánico. ¿A cuántas tienen que matar y violar para que la indignación sea la misma que provocan las manifestaciones feministas?

La última vez que recuerdo que las mujeres salvadoreñas alzaron la voz ante la presencia policial por un caso de feminicidio fue el 28 de abril de 2018, cuando diversos grupos feministas hicieron una concentración en el monumento a La Constitución en protesta por los casos de feminicidio de ese año. Para entonces la policía Carla Ayala tenía 121 días desaparecida. Los reportes policiales aseguraban que un agente del Grupo de Reacción Policial la asesinó y que sus compañeros lo dejaron escapar. Ese mismo día, cuatro meses después del asesinato de Ayala, una patrulla se acercó al redondel donde las mujeres protestaban, ellas la vieron y los gritos estallaron, minutos después la patrulla abandonó la zona de la protesta. 

¿Que no todos los policías son iguales? Sí, yo sé que no todos son iguales. Sí, también he conocido policías buenos y creo que el Estado salvadoreño debe garantizar mejores condiciones de trabajo para los cuerpos de seguridad que arriesgan su vida por la labor que realizan. Pero ese no es el punto, el punto es que los violadores existen en los cuerpos de seguridad y es una contradicción ser el que cuida y el que viola al mismo tiempo. Es una contradicción que debería ser más escandalosa que un grupo de mujeres exigiendo justicia ante el Estado. Pero en esta generación hay una alergia atípica al glitter y la empatía escasea por donde se vea.

Publicado por monicamps

Periodista, videógrafa y feminista salvadoreña.

2 comentarios sobre “La alergia al glitter en la región más violenta

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