Por Rocío Juárez

Sonrisas nerviosas en el pasillo de judiciales, dos manos tratando de esquivar en vano el tocamiento del compañero para luego comenzar una plática como si nada hubiera sucedido. Eso es parte del cotidiano vivir que pasó y puede estarle sucediendo en este momento a una periodista, mientras avanza por “ganarse el derecho de piso” o porque su trabajo sea reconocido por la empresa donde se producen noticias.

Rocío Juárez, periodista independiente

Si cada voz afectada por un acoso sexual hablara, la Fiscalía General de la República tendría miles de historias sobre mujeres, víctimas de este mal que cada día cobra estabilidad emocional, física y mental, sumándose la pérdida de empleo, una buena dosis de señalamientos contra su dignidad, seguido de la revictimización, haya iniciado o no un proceso legal para exigir respeto a sus derechos como persona.

Que una colega inicie una investigación para luego exponer a la luz los casos de acoso sexual hacia otras periodistas, requiere de valor para ambas partes: quien entrevista y quienes son fuentes, aunque estén protegidas por el anonimato. Alguien debe hacer esta labor de denuncia y a la vez, orientar a más voces de mujeres para que no se dejen vencer por el temor hasta detener el abuso, señalar al victimario y exigir justicia. Una justicia que no esté subyugada por la cultura machista con todos sus derivados (prepotencia, supremacía del hombre sobre la mujer en cualquier ámbito de la sociedad, entre otros).

Para creerles no es necesario conocer la identidad de las víctimas ni los pormenores del acoso sexual o agresiones sexuales a las que estuvieron expuestas. Deberían bastarnos con sus testimonios y el de sus compañeros de trabajo. Identificarnos con el miedo que paraliza a las víctimas de acoso sexual debería bastar. Entender que en un intento desesperado por encontrar una salida, rompieron el silencio, debería bastarnos. Pero no, hacemos precisamente lo contrario: no queremos creerles y así le damos desesperanza a otras que están viviendo la misma situación. Las culpabilizamos a ellas y no al victimario, que como siempre es padre, esposo, familiar de alguien.

Yo sí les creo porque duele la impotencia de las víctimas por lo sucedido, de sufrir traumas por la rememoración de la experiencia en los procesos legales, donde oídos técnicos deben tomar nota para respaldar su caso ante el sistema judicial, de mejor tener memoria selectiva para continuar la carrera en otro medio de comunicación, de no quedar estigmatizada.

Es apremiante creerles porque las mujeres ya no podemos seguir abrazadas al silencio después de haber vivido cualquier situación de violencia contra nuestra dignidad, sea verbal, psicológica, emocional, mental y física. No podemos seguir escribiendo la historia con los paradigmas que ponen en riesgo la vida de la mujer, llámense religión que adormece exigiendo sumisión femenina ante “el varón”, llámense comportamientos familiares donde nos amoldan el carácter para ser serviciales y optar ser “objeto de” la pareja porque así lo dicta la tradición, llámense la cultura social, que obliga subliminal y abiertamente a que entre nosotras nos volvamos detractoras cuando una alza la voz, se defiende y grita: ¡No más!

Edición: Metzi Rosales Martel

Rocío Juárez es periodista, con especialidades en comunicación organizacional y periodismo digital. Como consultora en comunicaciones, su principal interés es promover la temática ambiental con enfoque de desarrollo sostenible, lo cual le ha permitido incursionar en organizaciones ambientales sin fines de lucro, promover buenas prácticas ambientales en agencias de publicidad y apoyar iniciativas de protección de vida silvestre como aves y tortugas marinas.

Publicado por monicamps

Periodista, videógrafa y feminista salvadoreña.

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